jueves, 2 de agosto de 2012

mil mujeres

mil mujeres, que podrían narrar tu vida, ruedan cuesta abajo desde la cima de la montaña y, con mal gesto pero un firme sentido de la perspectiva, sufren en sus propias carnes la peor de las condenas: el campo abierto. y yo, que vivo en un armario recordando los tres días que compartimos, sobrellevo los efectos secundarios asumiendo la mutación como una vejez prematura provocada por tus puñetazos, certeros, ejecutados tan ágilmente en tu danza de la lluvia que caían mis dientes como granizo sobre los bichos. y soy muy malo despierto, si revivo con nostalgia los latigazos que sacudían mi cuerpo cada vez que me mirabas de reojo, pero peor soy soñando, las veces que te visito, convencido de poder convertir en agua clara la miel que empantana los riachuelos que conectan tus neuronas, que endulza los silencios entre tus palabras y que dificulta mi persecución de tal modo que tú estimas que es un siniestro hombre con zancos, y no un valiente gigante, quien te pretende alcanzar

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