martes, 26 de noviembre de 2013

IV

Por motivos que ahora no vienen al caso, soy incapaz de mantener la concentración. Esto ha sido así desde que tengo uso de razón y, lejos de considerarlo un problema, me ha servido para ser de los mejores del mundo aprovechando el tiempo. Una vez hecho el esfuerzo, breve pero titánico, acompañarlo de cierto ruido de fondo que evite la creencia de que estoy siendo accionado a distancia es sólo un proceso mecánico, al que me habitué fácilmente durante mi infancia.
Por ello, aunque me encanta pasar la tarde con mi madre y salir a pasear (principalmente porque ella siempre ha deseado tener una familia normal), me encontraba yo pensando en mis tonterías (me quiere, no me quiere), mientras ella me hablaba de su día a día, del punto de sal justo, de los progresos de mis sobrinos y del frío de mañana. Hacía yo esto de un modo relajado, como el que comparte un espumoso baño con su pareja, dejando que sea su mente la que se exprese, la que fluya, con la conexión perfecta que permitiría ponerse en alerta ante el más mínimo cambio en el tono de su voz. Era mi mente, sin ningún tipo de remordimiento, un campo abierto lleno de pensamientos abstractos a los que, como flores de los colores más vivos, acercarse como un abejorro sin llegar a alterar el ecosistema. Era la segunda parte de La Divina Comedia. De hecho, estaba viviendo dos vidas al mismo tiempo.
De repente, me miró abriendo mucho sus ojos, grandes y verdes, y entonces me desperté.
Nos encontrábamos en una cafetería de escasos aunque positivos recuerdos para mí. Meses atrás, en mi primera visita, disfruté de una gran victoria del Real Madrid en una de sus pantallas. Recuerdo que garabateé en una servilleta, durante el partido, un plan para conseguir ahorrarles miles de euros al mes, utilizando la paradoja del árbol que cae y nadie se encuentra lo suficientemente cerca como para escuchar el impacto. El camarero, probable secundario en una película de David Cronenberg en cualquier otro universo, fue perdiendo el miedo, o ganando el interés, a medida que yo le pedía copas de vino tinto, de tal manera que cuando aboné la cuenta se despidió con una sonrisa que quería decir: "paradójicamente, eres normal. Muchas gracias".
La segunda vez que estuve ahí fue cuando vi dentro, desde la acera, a Javier, al que aprecio mucho. Fue una visita fugaz, pues me limité a entrar para saludarlo con un abrazo y sacarlo de ahí, con la intención de que me acompañase a comprar discos. Yo no puedo ir de compras solo. El secundario de Cronenberg me reconoció y noté cómo las cosas se habían estabilizado entre nosotros.
Estando frente a mi madre, encajados ambos en dos sillas de madera sólo similares en su estrechez, pensé que era -y es- una mujer muy bella. Una mujer de 56 años que había deformado su cuerpo para alojarme y que me había protegido cuando era éste un mundo lleno de trampas mortales. Cuando me mira así y habla, yo callo. No hay más.
Empezó a contarme la historia.
Me dijo que había ido al cementerio, el día de Todos los Santos, a visitar los panteones familiares con el propósito de honrar a sus muertos y continuar con el mantenimiento adecuado de las tumbas. Asentí como aprobación, aunque pensé para mis adentros que también podríamos haber aprendido a construír pirámides, grandes como estadios. Ella siguió narrando, sin dejar de clavar sus ojos en mí de tal manera que, si quisiese, no podría escaparme. Mi madre se revolvió en la sillita al exteriorizar la angustia que sintió al ver que la tumba de su padre (mi abuelo) había sido decorada con cientos de flores de plástico y cómo una fuerza irracional la empujó con ambas manos calle abajo, a la floristería más cercana, donde compró una sencilla rosa que colocó entre las demás flores, como un enamorado que duerme entre drogadictos.

Llegado a este punto quizá deberíais saber que la relación entre mi madre y mi abuelo era especialmente difícil, de tal manera que yo jamás he pensado que él fuese un buen hombre.

Sus ojos se humedecieron y yo la animé a continuar, como cuando un niño se da un golpe y tratas de distraerlo para evitar que rompa a llorar.
Un par de noches después, continuó narrando, soñó con mi padre. Que lo veía a través de una ventana y nos decía a mí y a mi hermana, que la acompañábamos, si también lo veíamos. Entonces mi padre, cuya seña de identidad probablemente siempre haya sido la pausa, le aclaraba que sólo ella podía verlo, por mucho que él se esforzase en mostrarse visible para nosotros, y la advertía del esfuerzo extenuante que esto suponía para él. Después la miró y le dijo que había venido a darle un abrazo de parte de su padre (mi abuelo) y en ese momento, de semejante carga emotiva, mi padre, mi hermana y yo nos evaporamos y el sueño se interrumpió.
Permanecimos un instante en silencio, mi madre y yo, tiempo que, teniendo en cuenta los escasos paréntesis de la historia que acababa de contarme, pareció un siglo.
Miré el reloj e hice un gesto al secundario de Cronenberg para que trajese la cuenta, aunque en su lugar vino rauda una jovencita bastante espectacular que casi consigue echar a perder la solemnidad del momento que estábamos compartiendo en nuestra mesita, sólo similar al resto de mesas del bar en su estrechez.

El sexo lo jode todo

Levanté la cabeza, visiblemente emocionado, y traté de proporcionarle a mi madre la evidente explicación racional a su testimonio, explicación que a ninguno de los dos nos importaba realmente. Ella me dio la razón, como si estuviésemos siendo monitorizados por un equipo de psiquiatras, y ambos nos levantamos al mismo tiempo y abandonamos el bar.
En sentido opuesto a ella, bajé por el esqueleto de la gran avenida, una de las arterias principales de la ciudad. Cuando giré la cabeza, mi madre flotaba a lo lejos.
Giré a la derecha con los pantalones llenos de polvo y escalé unas piedras hasta llegar al barrio donde trabajo. Durante el camino pensé en los televisores colgantes, en los demás clientes, en los vasos de cerveza, en las latas de refresco, en los pedazos de pan con queso, los servilleteros, las aceitunas e incluso en los huecos de los ceniceros y en qué momento exacto desaparecieron. Frente a mí, mi lugar de trabajo se había convertido en un inmenso socavón.

jueves, 21 de noviembre de 2013

III - III

Yo no quiero que seamos amigos, pues probablemente no podríamos serlo jamás. Tampoco ansío que compartamos nuestras vidas durante unos meses, o a lo sumo un año, que es el período máximo de tiempo que puedo amar plenamente a alguien. Pero existe una línea pintada de un sólo trazo que separa nuestras pupilas, y, aguardando por nosotros, una sola sombra para los dos: nuestras siluetas unidas de manera indivisible por mi cabeza, entre tus piernas, como punta incandescente que te clava a la cama.

lunes, 18 de noviembre de 2013

III

Salgo de casa una hora antes del límite que me había marcado para llegar cinco minutos antes que Andrea, de modo que camino relajado hacia mi destino y dedico un pensamiento (lo nuevo de Nick Cave, camisas, aquel mediocentro norteamericano del Rácing de Santander) a cada alcantarilla que piso. A pesar de la calma, tardo únicamente quince minutos en llegar a La Ballena Alegre, premura que explico mejor como una falta de adaptación a la nueva zona que habito (llevo un par de meses viviendo en el centro y todavía no controlo las distancias) que como una curva en la línea temporal que me sonríe por ser tan previsor.
Durante el camino, que transcurre fundamentalmente a través de una gran avenida a la que accedo por una callejuela que sale de mi casa y de la que me desvío por otra similar que llega a mi destino, formando una especie de ese, me cruzo con un grupo de adolescentes en shorts salidos de algún gimnasio cercano que miran sudorosos a unos jeans azules que se contonean en la acera de enfrente, configurando una escena eminentemente sexual. Son demasiado jóvenes, pienso, como para ser hombres. Ni siquiera me parecen españoles, ni seres humanos. Son, simplemente, la sexualidad, y yo soy un afortunado por no perderme en matices, como podrían ser cuántos brazos tienen. Inmediatamente recuerdo mi primera paja, bastante tardía, una noche al salir de la ducha, y la última, hace un par de horas, y analizo brevemente las diferencias, que se me antojan insalvables. Me topo después con una familia completa que abarca todo el ancho de la acera y me obliga a esperar a su paso haciendo equilibrios en el bordillo donde, impaciente, pretendo aparentar divertido al guiñarle un ojo a una niña de unos diez años que viene junto a sus padres detrás de la familia que es, a efectos prácticos, un elefante. Reflexiono acerca de la línea que separa niña de mujer, y sobre cuándo es recomendable dejar de bromear con todo. Pasa una pareja de testigos de Jehová, ambos hombres, que ni me miran y me hacen sentir estúpidamente rechazado pues tal vez, como dispongo de tiempo, podrían explicarme si realmente se describe un OVNI en Ezequiel 1:15-18, como siempre he sospechado. Un tipo de mi edad (más de treinta) y rastas sale de una tienda de comestibles con lo que parece ser una pequeña bolsa de basura azul eléctrico llena de cosas. La anuda con talento y la coloca a la altura de su bajo vientre, mientras se sube a una mountain bike y se aleja dejando que la bolsa brinque alternativamente en cada uno de sus muslos. Pienso qué llevará en esa bolsa y, sobre todo, si habrá calculado mentalmente el precio de los artículos al escogerlos o si se habrá llevado una sorpresa, positiva o negativa, al pagar. Recuerdo que una vez pagué veinte euros exactos en el súper. Veinte euros justos, qué probabilidades hay. Una ex me ignora cuando levanto la mano para saludarla, de modo que aprovecho para rascarme encima de mi ceja derecha, como si ahí me picase algo, y entonces me acuerdo de la dermatitis que un peluquero gay me diagnosticó hace un par de años y que, desde entonces, se ha puesto a la cola de "los potenciales problemas de salud de los que debo ocuparme", junto al bulto del pecho, la vista nublada, las manchitas marrones de los pies, los cuatro días de jaquecas a la semana, las entradas y, en último lugar, la escasa eyaculación. Veo a una chica negra, a una pelota del mismo color que precede a un niño y cuyo rebote disparatado detengo con la mano en un gesto hábil que salva la vida a una viejecita que lleva tres días de camino a la panadería y a un niño que dice "gracias, señor" espachurrando a la altura de su pecho una gorrilla con ambas manos.
Un hombre de unos cuarenta años con un bigote muy a la moda me saluda con gesto amable, ignorando que está a punto de pisar la equis roja que pinté ayer, embriagado, con el objetivo de cotejar la sospechosa trascendencia de ese punto concreto de la ciudad. Una vez que caigo en la cuenta de que no recuerdo su nombre, me limito a sonreirle y a dejarlo ir. Hay equis rojas por todas partes, pienso para mí, mientras apunto este dato en una libretita que llevo siempre conmigo, con la intención de advertir después a Andrea

X ROJA

Evito a un mendigo fortachón al que detesto, por malencarado, pasando entre dos coches que recortan la acera, insolentemente mal aparcados, adelantando así a un chico de unos veintipocos que lleva un gorro muy de los noventa y que juega usando ambas manos con su teléfono móvil, con tanto ímpetu que olvida por completo a su perro (un cachorro mezcla de bulldog americano y labrador. Un perrazo) que corretea libre y me sigue durante unos metros, hasta que me olvida cambiando bruscamente de dirección para dirigirse a olisquear un árbol, mientras su dueño se sigue desplazando en una perfecta línea recta, desapareciendo detrás de mí cuando abandono la avenida y recorro los últimos metros del trayecto. Me cruzo con Martín, que no me saluda, y entonces pienso que hoy soy invisible para mucha gente. Tras él, dos chicas de unos quince años (una guapa, la otra menos), se adelantan a una niebla que sale de alguna parte. Atravieso las ondas sonoras de un grito que parece, al mismo tiempo, de hombre y de mujer. Pasa la bici del hippy, vacía, Y doscientas latas de atún. Condones. Un pack de seis cervezas que estallan ante mí de una en una, emitiendo un sonido diferente cada vez y que me hacen pensar inevitablemente en la palabra squirt. El cachorro (un perrazo) me mira fugazmente con familiaridad mientras juguetea con algo que resulta ser un brazo humano, para enseguida salir corriendo calle abajo como si fuese a arrebatarle su trofeo. Turbado, medito si un niño podría comerse un brazo humano como si tal cosa. Asumo que sí, si no le dejas ver la tele. Un gorro muy noventero cae a mis pies. Pienso en los noventa: Nirvana, el Brit Pop, Rage Against the Machine. Veo más condones. Suena un puñetazo, ejecutado con la misma fuerza con la que intentas ver guapa a la chica que está colada por ti. Pero las cosas siempre cambian, después del sexo.

martes, 12 de noviembre de 2013

II

Le digo a Andrea que nos vemos en "La Ballena Alegre", como respuesta a un proceso rutinario que no requiere de mucha reflexión y que ejecuto cada vez que alguna chica (normalmente veinteañera, aunque también haya excepciones como Susana), susurra un "no sé, elige tú" con voz de doblaje al otro lado del teléfono, endilgándome a mí el bastón de mando.

No es una buena manera de empezar. 

Mientras me pruebo trece camisetas, una detrás de otra, pienso como si fuese la primera vez en lo ridículo de que la gente busque en sus vidas a los protagonistas de sus películas favoritas y que, al mismo tiempo, las voces de doblaje sean así de impostadas. También en las chicas que buscan hombres extraordinarios cuando ellas son todas iguales. El reflejo en el espejo sonríe, dándome la razón, y se abotona con torpeza la camisa de color verde oscuro que finalmente ha escogido, me vuelve a mirar rodeado de motitas blancas y ambos agitamos la cabeza con desdén.
No es una buena manera de empezar, repito en voz baja. Y sacudo los dedos para desentumecerlos, un tanto avergonzado al recordar que la noche anterior teoricé, entre bostezos, sobre la persistente presencia a mi alrededor de algún sistema ultramoderno de vigilancia que, sin remedio, acababa de registrarme mostrando una lastimosa adaptación al medio.

Supongo que todos somos los protagonistas de nuestras propias películas, aunque nuestras voces sean ciertamente irregulares.

Y aprovecho para saludar a Dios, mientras me pongo el abrigo tres cuartos gris.
En el umbral de la puerta de salida, dudo durante unos segundos si volver atrás al visualizar mentalmente en el suelo de la habitación de tarima marrón claro, casi blanco, muy difícil de limpiar, la montaña de camisetas que previamente he descartado. Perezoso, regreso sobre mis pasos (en principio porque tengo tiempo de sobra, aunque seguramente haya otros motivos ocultos), pero antes de llegar deseo con todas mis fuerzas -que todavía no son muchas- enamorarme de Andrea, de tal manera que, inconscientemente, acabo llamando a cada camiseta por el nombre de una ex novia a medida que, arrodillado, las levanto del suelo y las lanzo grácilmente a la cama. A saber: Patri (al principio, pero es que la invité a salir sin habernos visto nunca antes), Estefanía, Gloria (las dos), las pecas de aquella chica pelirroja que vivía en Madrid, María, María otra vez, las vecinas de escalera (hermanas, muy parecidas) que tenía cuando vivía con mi madre, Mónica (de la que todo el mundo piensa que me duele hablar, pero no), Sofía e incluso María, que se intentó suicidar cuando la dejé, pero que al año siguiente, y durante una noche, era claramente la solución a todos mis problemas.
Trato de recordar de quién me he olvidado, me sacudo las rodillas con las manos y salgo de casa, siguiendo los pasos del hombre del espejo.

martes, 5 de noviembre de 2013

I

Cuando alguien me pregunta por mi historial académico me muestro orgulloso, a la suficiente distancia de la vanidad para que mi interlocutor no necesite ser demasiado sensitivo para poder defender las ventajas de ambos rumbos, el suyo y el mío, como si se mezclase golosamente lo dulce con lo salado.
Porque podría hablarle de un recorrido impecable, digamos que perfecto, que cercené súbitamente para levantar la vista y agrandar mi pecho, abrazando esa nueva situación como el que recibe a los primeros rayos del Sol de Marzo.
Hablaría entonces durante tres, cuatro o cinco citas más como máximo, seis, quizá, siempre al abrigo de la cerveza, de la noche, o de ambas, intercalando amplios espacios de empatía (simulada o no) para que pasase mi oyente a ser pareja, siendo aplicado, de esa manera, un filtro infalible como un sistema, tan enrevesado como inmediato, que pretende eliminar la misericordia mal entendida. Pero, como persona que aborrece la debilidad de los grises, mis incursiones en el sexo opuesto se limitan, salvo las excepciones que luego cuentas a mamá, a un par de noches en alguna cantina remota, -ésa es la única condición. Sin gravedad, a ser posible-, que terminan por trazar, como uñas que rasgan la seda, la línea inmutable que separa aborrecerme de enamorarse de mí. Y es por ese ahorro de energía, de igual modo que hace la Naturaleza construyendo melosos hexágonos con las abejas, por lo cual mis disertaciones acerca de mi vida escolar se resumen en dos o tres sentencias que son suficientes para que se combinen, como fluidos de similar densidad, con otros tres o cuatro apuntes que repito como un mantra, (pensamiento único, música, exclusividad, sexo), de tal manera que la persona que recibe la información, independientemente del orden de llegada, consigue hacerse una idea ciertamente ajustada a la realidad, aunque con la mirada benévola que desea para sí cualquiera que no sea imbécil. El objetivo de esto es doble: en primer lugar, evitar en la medida de lo posible la incomprensión que provocan nuestros insondables cerebros, al descodificar la información que reciben en base a numerosos factores, todos ellos subjetivos, que causan sin remedio que no existan dos visiones exactamente iguales de la misma realidad, y, como propósito secundario, impedir que la persona que me escuche crea que trato de impresionarla y, sobre todo, que es ésa mi única finalidad.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Me veo obligado a negar cualquier tipo de referencia a tu persona.

Un día quise ver extraterrestres y todo eso. Entonces yo todavía vivía en la casa de la terraza, en el Berbés, y, durante la época estival, dormía en ocasiones junto al Golden Retriever, mirando al cielo desde una tumbona. La primera noche, sólo vimos luces. La segunda, se movían, pero no como se mueven las estrellas, sino que trazaban una órbita dominada por el caos. La tercera noche que vigilamos el cielo algo nos sobrevolaba, e incluso pude notar cómo el perro se ponía nervioso. Después nos quedamos dormidos y yo soñé que un ovni se posaba en un patio cercano y entonces sentía que eso me proporcionaba todas las respuestas. Al día siguiente, satisfecha mi curiosidad, olvidé a las naves y me obsesioné con una chica. Era de rostro dulce y diez años menos. Estuvimos juntos algunas semanas, y siempre contará con la aprobación de haber sido mucho más difícil de seducir que de amar, aunque esto fuese debido a supersticiones culturales. Más escueta fue la despedida: a ella no le gustó que comparase nuestra relación con una lavandería y cerró dando un portazo. Cuando la volví a ver, casi un año después, su vestido todavía brillaba. Después de amarla me fascinó el número sesenta y tres. Lo veía en todas partes: en las matrículas de los coches, en los precios de las cosas y en los termómetros, antes de que estallasen.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Hay muchos errores de concepto

Cuando comienza el día, siento una creciente angustia si me veo obligado a salir de casa temprano, sobre todo si el motivo de ello es realizar alguna tarea burocrática, en edificios públicos u oficiales.
Desayuno, como cualquier otro día, dos bolsitas de té inglés con un chorro de leche y, ya en la ducha, me rasco la cabeza con vehemencia, como si tratase de contagiar al resto del cuerpo una virilidad bien entendida, un carácter firme e inmutable como un revestimiento invisible, inalterable a las conjeturas que surgen de la malicia.
Siempre he pensado que hay algo de mágico en el baño, en situarse bajo el chorro y notar cómo las ideas se ablandan de tal modo que puedes entonces moldearlas con facilidad, vigilando, claro está, que no se escapen a través de los agujeros de las orejas.
Termino de acicalarme entre cúmulos de vapor y veo mi impreciso reflejo en el espejo del baño, sintiendo entonces el desconcierto diario ante la ausencia de la proporción áurea, de la belleza formal, desarreglo que recibo con un misterioso convencimiento de que, tal vez en uno o dos años, mi cuerpo se hará robusto, y quizá entonces también pueda probar suerte como futbolista de élite.
En el momento de escoger indumentaria utilizo la intuición, que se presenta como una ráfaga de energía que posiblemente aguardase ser requerida para una misión más solemne, así que muchas veces, disgustada, se niega a funcionar y, entonces, cuando pasa el tiempo y sigo sin una respuesta divina, concluyo que puedo escoger cualquier prenda, siguiendo tan sólo unos mínimos criterios estéticos, porque, aunque presente mi armario un aspecto impecable, saldré irremediablemente de casa con piedras en los bolsillos, el bajo de los pantalones rajado y alguna bola de polvo adherida a la suela de un zapato, incapaz de despegarse a mi paso durante el camino.
Sea mi destino un banco, una oficina de administración pública o el propio ayuntamiento, una vez allí me siento en deuda con todos, desde el cuarentón trajeado de internacional corte de pelo que entrelaza los dedos debajo de su barbilla hasta el fortachón de la entrada que, hace más de 5.000 años, cruzaba sus brazos a la derecha del Faraón.
Especial atención por mi parte reciben las empleadas públicas, a las que sonrío de una manera nerviosa, sospechosa, haciendo que me equivoque de modo que mi rúbrica en los documentos que he de firmar se muestre inestable y desigual. Las observo mientras ejecutan diligentes sus tareas, tratando de no clavar demasiado la vista en sus rostros arrogantes, de anticiparme a sus gestos distinguidos sin levantar sospechas, mientras del espacio que existe debajo de mis pechos comienzan a brotar decenas de gotitas de sudor que decidirán invadir el resto del cuerpo de un modo deshonroso y abundante, repugnante hecho que evita que acabe confesando a alguna de ellas, a la que sea, que haría cualquier cosa que me pidiese para, en cambio, hacerme huir, tropezando con algún otro proletario que espera su turno en la cola, esparciendo, como consecuencia del encontronazo, un montón de papeles por el suelo de baldosa.

martes, 22 de octubre de 2013

Amor y odio

Si hago un poco de memoria, no había mañanas más oscuras que las del día de colegio que se despertaba, calado hasta los huesos, con el aliento y el abrazo del frío de diciembre, y sé que fue precisamente una de esas mañanas cuando aprendí a provocarme el vómito.
Del mismo modo, leía anoche resignado: "..esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por una parte, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja", mientras a los pies de la cama raspaban entre sí sus dedos mis pies destapados, desnudos, y mi final definitivo ya sea como límite físico o como la ineludible conexión con el mundo real.
Es posible, reflexionaba en el silencio de la madrugada, horadado por las últimas sacudidas de la primera de las tormentas de otoño, de modo que podía visualizar la noche como un enorme y opaco queso de gruyere, que esa corazonada de una muerte a temprana edad que nunca he podido silenciar no sólo sirviese para angustiar a mis seres queridos, sino que me hubiese condicionado de tal manera esa convicción que, de algún modo que trato de discernir, me haya visto obligado a vivir más aprisa que el resto, como si una parte de mí pudiese haber vuelto de la muerte con unas respuestas tan sólidas que consiguiese, sin mucho esfuerzo, convencer a las otras partes de que era necesario un giro drástico, extremista, de modo que, en un brevísimo período, me vi obligado a suprimir la mayor parte de mis hábitos perniciosos y alguno más que siempre había considerado inocuo.
Sabiendo insuficiente esa prórroga en mi vida, es muy probable que, como si estuviese siendo manejado a distancia, también se decidiese a mis espaldas una premura en todas las actividades provechosas a las que me dedicaría, lo cual justificaría mi inexplicable y súbito rechazo a dormir más de cinco horas, mi compulsiva adquisición de ensayos, películas y demás manifestaciones artísticas, así como la incuestionable celeridad en todos los asuntos que podríamos relacionar con la ejecución de una justicia universal, concepto con el que estoy sobradamente familiarizado, y que respondería a una aceleración del ritmo de mi existencia, tanto de mis actos como de sus consecuencias, en un guiño cósmico que asegurase, muy posiblemente, que se respetasen los plazos establecidos.
Del mismo modo es manifiesto cierto inmediato castigo cuando, y esto me desconcierta, se acercan mis actos a la anarquía de cualquiera de los siete pecados capitales bíblicos, recibiendo leves escarmientos como descargas eléctricas que me disuaden inmediatamente de un camino que entonces se muestra ante mí tan enroscado como lo describen las sagradas escrituras, haciendo que no parezca disparatado que compartan estante en cualquier biblioteca los divinos libros con las grandes obras científicas.
Es indiscutible que existe, resumí, una suerte de plan universal para mí, y sería de imbéciles ignorar tantas señales.
Entonces volví de tan espesos pensamientos y el tiempo se reanudó.
Me invadió de pronto una sensación de inquietud y me envolví completamente en las mantas, evitando que las sombras se planteasen siquiera el aprisionar mis pies.
Con un lado de la cabeza sobre la almohada, traté de recordar la frase que había leído horas antes, y la identifiqué como el desencadenante de la incontenible disertación posterior.
 "..esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por una parte, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja".
Así que mis últimos pensamientos del día fueron de amor. De amor, de odio, y de lo tedioso que es encontrarse justo entre ambos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Eres magia cuando duermes

Es difícil no maravillarse ante la idea de que, incluso el más mediocre de los seres humanos, el más simplón y ordinario, es una máquina extraordinaria. Sorprendentemente, en lugar de convertir el escenario que habitamos en campo de pruebas para practicar nuestras habilidades, lo utilizamos como un manto que evita que apliquemos la visión cósmica a lo cotidiano, la mirada periférica que es necesaria para comprender la realidad y discernir que verdaderamente somos, todos y cada uno de nosotros, un milagro andante.
Yo he vivido verdaderas depresiones, bueno, todos lo hemos hecho alguna vez. Son momentos en los que eres incapaz de abrir los ojos y en los cuales el milagro médico se reduce a la sospecha, de tal modo que cuando aciertan, si es que alguna vez lo hacen, su reacción es totalmente diferente a la del profesional que te cura una gripe. Mi madre lo ha pasado mucho peor que yo con la psiquiatría, de todas maneras, y todavía sigue peleándose. Yo le digo: "abre los ojos", pero no funciona. Le cuento que las ramas de los árboles en los bosques reproducen, a escala, el tamaño de los árboles circundantes, pero no le importa. Le diría: "ve al espacio y vuelve". Quizá en el futuro nos traten así. Y quizá en el futuro, al igual que ahora, también sea más efectivo un placebo que un viaje espacial.
Porque la clave es el cerebro, que nos dice que hoy veamos lluvia en lugar del día soleado que ven los demás. "¿Y qué hay en realidad?", pregunta mi madre, "¿y si en realidad no hay nada?", contesto yo. Y nos miramos como dos octogenarios a los que el informativo de la tarde les dice que al Sol le quedan ocho mil millones de años de vida.
Pero la verdad es que suceden milagros todos los días, de una solidez y diligencia que hacen que el día de cobro parezca un fantasma.
Una vez a la semana, como con mi familia. Recorro como una actualizada Caperucita Roja los veinte minutos de camino hasta casa de mi madre y suele ser Breixo, mi sobrino mayor, el que me abra la puerta y me reciba con un abrazo. Breixo tiene dos años. El pequeño es Jon, de seis meses, ambos hijos de mi hermana y mi cuñado, mi homónimo vasco. La escena la completan mi madre y su novio, ambos cercanos a los sesenta años de edad. Después de una comida dispar (pues la mitad de la mesa no come carne) y un rato de juego, Breixo y Jon son incapaces de evitar una pequeña siesta, a la que Breixo opone más resistencia que su hermano menor, para finalmente cerrar los ojos y entrar en un profundo sueño. Muchas veces, admito que un poco agotado de jugar con los críos, le pregunto a Breixo si tiene sueño. Independientemente de su respuesta, siempre pienso en cuál será el concepto que tengan mis sobrinos del cotidiano hecho de cerrar los ojos y notar cómo su cerebro se desconecta. Entonces intento remontarme a mi infancia y escudriño en mis recuerdos, en busca de algún momento en el que hiciese justicia al alucinante proceso del sueño. Si la mente es una de las claves, reflexiono, muy probablemente sean esas cabezadas la manifestación de un poder tan familiar como desconocido.
Llueve fuera (¿o luce el Sol?) y recuerdo mis flirteos con los viajes astrales. No me cuesta mucho entonces visualizar mi cerebro como un globo que se despega del suelo y flota en una dimensión que encierra nuestro cráneo, pero que muy posiblemente carece de límites.
Eso me lleva atropelladamente a la hipnosis, tantas veces prueba de que, de algún modo, podemos acceder a cualquier momento concreto de nuestro pasado y revivirlo, mientras el globo sigue flotando y termina por desaparecer de mi vista.
Es el momento de la muerte física, que ya no da tanto miedo.

martes, 8 de octubre de 2013

Si las canas fuesen antenas

A mí no me gusta ser adulto, parecer serio. Que una chica te agarre de la mano e inmediatamente sepa que todo va a ir bien. Conducir con peinado de futbolista en horas bajas y llevar al perro a la playa. Yo era feliz con quince años, si me dejaban solo en casa, pues mis pensamientos ocupaban cada una de las habitaciones y, aún así, tenía que cerrar las ventanas para impedir que se escapasen. Odiaba ir en autobús. Mis gustos no han cambiado, por qué debería ahora comportarme de una manera diferente, como si las canas fuesen blancas antenas que naciesen en el núcleo del cerebro. Como si perdiese mil soldados en cada diente que se rompe.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Mamá

Mamá carece de perspectiva
madera podrida son sus zapatos
confía en los juegos de azar
ignorando
que si fuese gigante
tan sólo tardarían un poco más
sus lágrimas
en caer al suelo

Papá no pudo despedirse
ahora lo hace constantemente
antes de su marcha
grabó para mí un mensaje
que se repite
como el ladrido de un perro
que sólo interrumpe
para arañar la puerta

y siempre hay una chica
con mal gesto
y piel de campana
como es la más dulce de las melodías
ejecutada a golpes
sí,
siempre hay una chica,
aunque ya no la necesite

Dime, Madre,
si volverás cual fantasma
para arroparme en la cama
y espantar
a las malas mujeres,
o si aguardarás, en cambio,
con la serenidad de los Dioses
y, por fin, su piel de oro

No apostéis

Con el boom de las apuestas pasa como con los regalos, que son cosas que no se pueden forzar. Incluso yo, que me jacto de mis conexiones con el inframundo, soy consciente de que no puedo tener pálpitos a diario y las únicas veces que me ha ido bien en asuntos de intuición (dejando a un lado mi verdadera especialidad: la habilidad sexual de los desconocidos), ha sido cuando el futuro ha venido a buscarme. Además, siempre te pones excusas. Yo he llegado a pensar que sólo soy capaz de adivinar el resultado de un partido de fútbol si el árbitro fuese justo, como si ayer hubiese apostado cinco euros al empate del Madrid y, decepcionado ante la victoria in extremis del que sigue siendo mi equipo, creyese que los mensajes mentales que recibo, más que mágicos, responden a un concienzudo e inmediato análisis que hago de una manera inconsciente y cuyo resultado es claramente favorable a uno u otro resultado, pero dejando el error humano (o la conspiración) como un elemento más cercano al caos y, por tanto, imposible de prever. Eso, como comprenderéis, es de muy poca ayuda para hacer una quiniela y no seré yo quien os dé las claves para forraros con el azar (principalmente, porque el mensaje de esos juegos me parece detestable), pero sí que puedo daros un consejo: si apostáis con dinero, hacedlo sólo cuando tengáis la seguridad de que el Universo os debe una cantidad concreta.

jueves, 27 de junio de 2013

Por qué odio que me regalen cosas

Por algún motivo, parece que la Vida nunca te permite mantenerte totalmente al margen y es, además, incontestable que todos nacemos supeditados a cierta opresión que puede ser explicada como un accidente natural, para consuelo de los escépticos. Del mismo modo, también nos quieren, como si una cantidad limitada de energía nos fuese destinada como alimento que nos impide morir finalmente de hambre. En mi caso, aunque de familia exigua y torpe, tengo el amor de mi madre, que es la que me impide alejarme por completo, como si existiese algo más grande que los principios, de un mundo que me es ajeno. Veo a la vida empujándome con sus manos para que vuelva al camino, y no sus enormes ojos verdes, cada vez que discutimos. Y así fue la última vez, cuando ella insistió en hacerme un regalo por mi cumpleaños, como si pareciese ignorar el sufrimiento que eso provoca en mí. Una foto en un marco bonito, una figura decorativa, un cinturón, un libro. ¡Si ella supiese lo que hace mi mente con todas esas cosas! Ya desde el mismo momento de la entrega me invade una creciente sensación de desesperanza porque, como tragados por la niebla más densa, son esos objetos desposeídos de su identidad, para convertirse en una nueva realidad exclusiva para mis ojos. Y es en todos los casos el producto de esa mutación motivo de profundo malestar, posiblemente explicado por mi naturaleza hipersensible, que traslada la voluntad del que regala al objeto regalado, para mantenerla con vida en él de tal modo que me veo obligado a alimentarlo. Una transformación que me convierte en un mago, frustrado por no ser el carpintero capaz de lograr que todos vean mis creaciones tan verdaderas como las veo yo, para que por fin comprendan mi pesar. Que yo convierto los regalos en cadáveres, a medida que fracasa mi corazón en su intento de alimentarlos a todos. Entonces los amontono y, sin tener que salirme de los límites que diferencian al hombre del monstruo, salgo a la calle agitado y comienzo a disparar: al clavel, a la manzana, al pedazo de madera. Al charco de agua, al insecto que baila dentro y al rayo de Sol, que lo atraviesa. Y ellos cambian, se hacen hermosos, en realidad todo cambia a mi paso y soy yo entonces el demente que ríe sin motivo, que se acerca a los paseantes como el niño que desconoce el habla y trata de explicarse abriendo mucho los ojos. Pero nadie entiende nada, así que los llevo a casa, donde arden amontonados sin que nadie dé nunca la voz de alarma.

martes, 25 de junio de 2013

las chicas te quieren ver

ayer vino la chica de la voz más bonita del mundo. no era la primera vez que venía. no es guapa, ni atractiva ni posiblemente tengamos nada en común pero, si cierras los ojos, es la mujer más hermosa del mundo. y debido a mi habitual mala suerte ella vive en mi ciudad así que tristemente descartamos una relación exclusivamente telefónica. las chicas siempre te quieren ver. ellas no saben que un novio es simplemente una persona en la que pensar y a la que dedicar tus victorias.

El amor es para tontos

podemos decir que se ha cerrado un ciclo que comenzó exactamente hace un año, cuando tú soplabas una vela de iglesia que partía una tarta helada en dos. después vinieron más días, pero todos eran el primero sin ti. un año que fue de lágrimas, de equivocada piel muerta que no, no me hacía más guapo. un año que fue de exacto y justo luto para dejar paso al sol al que después yo abandoné por una chica más joven. bien, le dije, debes comprender que nunca podrás hacerme feliz. y él siguió brillando y yo no eché de menos reflejarme en los espejos e incluso volví a perder la virginidad, aunque fue un desastre

Estafas legales

Una de las primeras cosas que aprendí cuando empecé a vivir de la música fue que mi sueldo como dj no se ajustaría como yo pensaba a la influencia que mi labor tendría en las recaudaciones y que, por tanto, si pretendía independizarme con veintitrés años y alimentarme como es debido e, incluso, por qué no, permitirme algunos lujos, trabajando tres días a la semana, debía compaginar mi labor de dj con la faceta de camarero, tarea que siempre me ha parecido ingrata. Poco a poco comprendí, en ese tránsito de niño a hombre, que verme obligado a tratar con gente que escupe sobre la noche y sobre uno mismo cuando pronuncia Jack Daniels no era más que una medida desesperada del Universo para evitar mi completa deshumanización, así que yo, que me muestro siempre dócil ante los asuntos cósmicos, fui poco a poco perdiendo el miedo y, de una manera inconsciente, conseguí adaptarme a trabajar de un modo mecánico, dejando así que mi maltrecho cerebro pudiese echar una cabezadita. Y es por eso que soy bobo cuando estoy detrás de una barra, salvo cuando alguien se queja por el precio de las copas y yo pienso, de nuevo, que no le estoy vendiendo una barra de pan, o cada vez que le saco la chapa a una de esas ridículas botellas de doscientos mililitros y reflexiono fugazmente, simulando una sonrisa ante el cliente, sobre las verdaderas estafas legales.

Mudanza

Podríamos decir que me inquieta dónde tengo la cabeza pero, en cambio, no presto mucha atención a dónde aposento mi trasero así que, cuando las cosas me van bien, no me preocupo mucho por mi peinado, ni por la ropa que llevo, ni por la casa que habito. Cuando hay problemas, en cambio, todo es susceptible de ser radicalmente reformado, pero respondiendo esto más a una superstición que a un verdadero interés por la naturaleza de los objetos y demás enseres que no podrán acompañarme nunca al más allá.
Todo lo expuesto anteriormente explica que lleve más años de la cuenta viviendo en un piso caro, enorme e incómodo, contabilizando mis pocas intenciones de encontrar otro lugar donde vivir como reacciones a señales más o menos visibles, borrosas o directamente inventadas por mi persona. De todas maneras, mi madre, que está enferma y pasa por ello mucho tiempo estirando las piernas en un sofá, siempre se ha preocupado más que yo mismo por la mejoría de lo que ella considera mi calidad de vida, así que a veces me envía enlaces a pisos bonitos a los que siempre les falta algo, les sobra, o lo tienen todo pero son difíciles de ver, o de pagar, e incluso a veces me facilita el trabajo y concierta citas para que vaya a verlos, como hizo el lunes pasado, haciéndolo coincidir con otra que había acordado yo mismo porque, a través de un evento en Facebook creado para la causa, sentí eso tan humano que es el miedo a perder la oportunidad.
Una vez vistos ambos futuros hogares, la elección no fue difícil. El que mi madre había escogido (uno de tantos, no la carguemos con tanta responsabilidad), era como uno de esos pisos que tienen los padres de tus amigos en la época escolar. Tampoco ayudó que al vendedor le patinase la mandíbula. Pensé: "yo no voy a envejecer tan rápido" y, sin más dilación que un tiempo que podríamos llamar "de respeto", como si el piso lo hubiese diseñado el mismo comercial de la inmobiliaria, me dirigí a probar suerte en el otro apartamento, que se encontraba en mi zona favorita de la ciudad, y que inmediatamente descubrí que era perfecto.
Así que en un mes comenzaré una nueva mudanza (la decimoquinta a lo largo de mi vida, que ya son), para terminar por instalarme en un sexto piso de dos habitaciones, cocina americana con vistas al mar y de mobiliario y distribución más que adecuados, con la difícil misión de reemplazar a la anterior inquilina, una encantadora pelirroja que convirtió eso en un hogar al que ni siquiera le faltan un par de figuras de Doctor Who a modo de decoración y de, obviamente, contundentes señales.

Para entender al revés

Hace aproximadamente tres años, estuve muy cerca de la muerte. Después de mucho tiempo compaginando fatal una enfermedad crónica con la nocturnidad, un alto porcentaje de mis órganos decidieron dejar de funcionar y tuve que cambiar mi vida de un modo tan radical que muy probablemente esos cambios se reflejen de algún modo en las líneas de mis manos. Comenzó entonces una reconstrucción que me ha llevado, a través de las más desagradables pruebas médicas, a una situación de estabilidad significante o, al menos, de una aceptación de mis propias e inamovibles limitaciones. Desde entonces, y aunque se me permita cierta flexibilidad, estoy sometido a una dieta estricta y a una prohibición de mis únicos vicios confesables hasta entonces: tabaco y alcohol, siendo sorprendentemente sencillo desprenderme del primero y un poco más difícil dejar de beber. Afortunadamente, me he centrado tanto en mi crecimiento personal (incluyendo en esto todos mis trabajos/hobbies), que el más mínimo malestar que me impida rendir al máximo es suficiente para mantenerme dos o tres meses alejado de cualquier mínima tentación, aunque incluso mis propios médicos lo consideren "una pequeña alegría", así que mi voluntad para conseguir mis metas hace el resto.
Yo, que siempre he sido un chico flacucho, delicado, y a veces enfermizo, no he podido ignorar un notable cambio físico desde que mi pancreas decidió dejar de funcionar. Recuerdo mis dos semanas en el hospital, una de ellas con dieta absoluta, y ver cómo, a pesar de no haber introducido nada en mi cuerpo durante ese tiempo, una incómoda curva rompía el equilibrio que conformaban el resto de huesos. Mi nueva realidad se confirmó cuando, poco después, acudí de nuevo al hospital para realizar un escáner de mi estómago y me topé con la negativa del médico, que afirmaba que era imposible que yo estuviese en ayunas. "Bien, por eso estoy aquí", contesté yo, y el hombre se encogió de hombros y finalmente hizo su trabajo con muy pocas esperanzas de que sirviese para nada.
A pesar de considerarme una persona bastante espiritual, debo admitir que traté de poner remedio a la ruptura de mi armonía física y, viendo que mi dieta estricta (nada de fritos, carnes rojas y demás) no era suficiente, decidí recurrir al gimnasio, donde me apliqué con devoción hasta que el apremio de mis aspiraciones me obligó a despedirme de aquellos personajes de los cuales os he hablado más de una vez, con un cuerpo, sí, más fuerte, pero que seguía hinchándose como una pelota cuando la sed (y no el vicio) me llevaba a beber algo más que el contenido de un pequeño vaso.
Y dejemos claro que cambiar la XS por la M no es un drama en ningún caso pero a mí, que me resisto a darle un par de días libres a la verdad, me cuesta y me cansa exponer todo lo explicado anteriormente cuando algún conocido (porque amigos tengo pocos) se sorprende al ver que "he ganado unos kilitos", posiblemente porque hace un buen tiempo que no se fija en mí y el que se ha afianzado en su cabeza es mi recuerdo como aquel joven desgarbado que era, o quizá es que ha tenido la desgracia de encontrarse conmigo después de haber sufrido una hipoglucemia que he aliviado bebiéndome de un trago una botella entera de zumo, mientras mi pancreas y mi estómago ven pasar el líquido como un turista que avanza hasta el final del autobús.
Y como no creo que merezca la pena y es, además, agotador, prefiero callarme cuando alguien trata de bromear, pues es fácil imaginar que debo alimentarme fatal, tan poca cosa y ya lejos de mamá, o simplemente deja patente su sorpresa sin ningún tipo de sutilezas. En esas ocasiones me limito a sonreir de manera inexpresiva aunque, todas y cada una de las veces, esté pensando que yo jamás actuaría de ese modo, pues existe una mínima posibilidad de que esos cambios fisonómicos sean debidos a una enfermedad que incluso, digamos, podrían estar mermando psicológicamente a mi interlocutor.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sally Hansen

Y de alguna manera decidieron mis manos dejar de crecer. Quizá. Con cinco o seis años recibieron una orden. Sí, eso es. Una orden firme de un padre, su padre, que de un modo afable nos explicó a los presentes cómo debían hacerse las cosas a partir de ese momento. Hubo tímidos aplausos. Quizá. En el exacto momento previo a la reencarnación, se me planteasen los términos de mi nueva identidad y yo me sintiese cómodo con la idea de que fuesen mis manos, y no mi rostro, quien reflejase mi alma, pues es bien conocida mi predilección por los asuntos que se salen de la norma. Entonces di un paso al frente, envalentonado por la idea de una vida sin un modelo que imitar y pensé, probablemente, en la riqueza que me aguardaba al deshacerme de las certezas. Que mis manos frenasen su crecimiento de manera inesperada era, a todas luces, una bendición, pues qué sería lo siguiente. Después vino un fogonazo y apareció Sally Hansen. Era guapa y todo eso. Le dije sobre mis manos que eran lo suficientemente grandes para las cosas que tendrían que manejar, pero ella no había preguntado. Y cuando lo hizo, cada uno se fue por su lado. O al menos así lo recuerdo.

Son estúpìdos los Cocker Spaniel


Cuando duermo, cierro un ojo. El otro vuelve a su sitio tres minutos antes de que suene el despertador que fue de mi padre. A veces hablo con él. Le digo que es útil. También siento lástima por los calcetines, si tienen un agujero. Me los pongo igual. Cuelgan las perchas de una barra americana, me sonríen las camisas. Yo les digo que he encontrado a la mujer de mi vida.

He vivido en diez casas diferentes. La más grande de ellas se encontraba en las montañas. Una vez nevó y nuestro Cocker Spaniel, Thor, se comía la nieve como si fuese nata montada. Dicen que esos perros son estúpidos y Thor no era una excepción. También se comía la arena. No sé por qué tengo que añadir que, a pesar de eso, lo quería un montón.

Pero volvamos a la chica que hace que el resto sea en blanco y negro. O mejor hablemos de cuando ella no está y pongo lavadoras. En el colegio siempre parecía malo memorizar algo sin entenderlo. Fui a un colegio de ricos, aprendí a no tocar nada. Yo era pobre. Todavía pienso que vendrán a recuperar lo que me llevé. Todos los números y las letras.

Mi madre piensa cosas de madres. La mujer de mi vida dormita, cada dos por tres, mientras afuera todo arde y yo pongo lavadoras sin parar. Terminaré tres minutos antes de que ella abra un ojo. No me preocupa que se despidan de mí pensando que tenía buena fe pero muy poca constancia.