lunes, 20 de mayo de 2013

Sally Hansen

Y de alguna manera decidieron mis manos dejar de crecer. Quizá. Con cinco o seis años recibieron una orden. Sí, eso es. Una orden firme de un padre, su padre, que de un modo afable nos explicó a los presentes cómo debían hacerse las cosas a partir de ese momento. Hubo tímidos aplausos. Quizá. En el exacto momento previo a la reencarnación, se me planteasen los términos de mi nueva identidad y yo me sintiese cómodo con la idea de que fuesen mis manos, y no mi rostro, quien reflejase mi alma, pues es bien conocida mi predilección por los asuntos que se salen de la norma. Entonces di un paso al frente, envalentonado por la idea de una vida sin un modelo que imitar y pensé, probablemente, en la riqueza que me aguardaba al deshacerme de las certezas. Que mis manos frenasen su crecimiento de manera inesperada era, a todas luces, una bendición, pues qué sería lo siguiente. Después vino un fogonazo y apareció Sally Hansen. Era guapa y todo eso. Le dije sobre mis manos que eran lo suficientemente grandes para las cosas que tendrían que manejar, pero ella no había preguntado. Y cuando lo hizo, cada uno se fue por su lado. O al menos así lo recuerdo.

Son estúpìdos los Cocker Spaniel


Cuando duermo, cierro un ojo. El otro vuelve a su sitio tres minutos antes de que suene el despertador que fue de mi padre. A veces hablo con él. Le digo que es útil. También siento lástima por los calcetines, si tienen un agujero. Me los pongo igual. Cuelgan las perchas de una barra americana, me sonríen las camisas. Yo les digo que he encontrado a la mujer de mi vida.

He vivido en diez casas diferentes. La más grande de ellas se encontraba en las montañas. Una vez nevó y nuestro Cocker Spaniel, Thor, se comía la nieve como si fuese nata montada. Dicen que esos perros son estúpidos y Thor no era una excepción. También se comía la arena. No sé por qué tengo que añadir que, a pesar de eso, lo quería un montón.

Pero volvamos a la chica que hace que el resto sea en blanco y negro. O mejor hablemos de cuando ella no está y pongo lavadoras. En el colegio siempre parecía malo memorizar algo sin entenderlo. Fui a un colegio de ricos, aprendí a no tocar nada. Yo era pobre. Todavía pienso que vendrán a recuperar lo que me llevé. Todos los números y las letras.

Mi madre piensa cosas de madres. La mujer de mi vida dormita, cada dos por tres, mientras afuera todo arde y yo pongo lavadoras sin parar. Terminaré tres minutos antes de que ella abra un ojo. No me preocupa que se despidan de mí pensando que tenía buena fe pero muy poca constancia.