lunes, 20 de mayo de 2013

Son estúpìdos los Cocker Spaniel


Cuando duermo, cierro un ojo. El otro vuelve a su sitio tres minutos antes de que suene el despertador que fue de mi padre. A veces hablo con él. Le digo que es útil. También siento lástima por los calcetines, si tienen un agujero. Me los pongo igual. Cuelgan las perchas de una barra americana, me sonríen las camisas. Yo les digo que he encontrado a la mujer de mi vida.

He vivido en diez casas diferentes. La más grande de ellas se encontraba en las montañas. Una vez nevó y nuestro Cocker Spaniel, Thor, se comía la nieve como si fuese nata montada. Dicen que esos perros son estúpidos y Thor no era una excepción. También se comía la arena. No sé por qué tengo que añadir que, a pesar de eso, lo quería un montón.

Pero volvamos a la chica que hace que el resto sea en blanco y negro. O mejor hablemos de cuando ella no está y pongo lavadoras. En el colegio siempre parecía malo memorizar algo sin entenderlo. Fui a un colegio de ricos, aprendí a no tocar nada. Yo era pobre. Todavía pienso que vendrán a recuperar lo que me llevé. Todos los números y las letras.

Mi madre piensa cosas de madres. La mujer de mi vida dormita, cada dos por tres, mientras afuera todo arde y yo pongo lavadoras sin parar. Terminaré tres minutos antes de que ella abra un ojo. No me preocupa que se despidan de mí pensando que tenía buena fe pero muy poca constancia.

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