lunes, 20 de mayo de 2013

Sally Hansen

Y de alguna manera decidieron mis manos dejar de crecer. Quizá. Con cinco o seis años recibieron una orden. Sí, eso es. Una orden firme de un padre, su padre, que de un modo afable nos explicó a los presentes cómo debían hacerse las cosas a partir de ese momento. Hubo tímidos aplausos. Quizá. En el exacto momento previo a la reencarnación, se me planteasen los términos de mi nueva identidad y yo me sintiese cómodo con la idea de que fuesen mis manos, y no mi rostro, quien reflejase mi alma, pues es bien conocida mi predilección por los asuntos que se salen de la norma. Entonces di un paso al frente, envalentonado por la idea de una vida sin un modelo que imitar y pensé, probablemente, en la riqueza que me aguardaba al deshacerme de las certezas. Que mis manos frenasen su crecimiento de manera inesperada era, a todas luces, una bendición, pues qué sería lo siguiente. Después vino un fogonazo y apareció Sally Hansen. Era guapa y todo eso. Le dije sobre mis manos que eran lo suficientemente grandes para las cosas que tendrían que manejar, pero ella no había preguntado. Y cuando lo hizo, cada uno se fue por su lado. O al menos así lo recuerdo.

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