martes, 25 de junio de 2013

Estafas legales

Una de las primeras cosas que aprendí cuando empecé a vivir de la música fue que mi sueldo como dj no se ajustaría como yo pensaba a la influencia que mi labor tendría en las recaudaciones y que, por tanto, si pretendía independizarme con veintitrés años y alimentarme como es debido e, incluso, por qué no, permitirme algunos lujos, trabajando tres días a la semana, debía compaginar mi labor de dj con la faceta de camarero, tarea que siempre me ha parecido ingrata. Poco a poco comprendí, en ese tránsito de niño a hombre, que verme obligado a tratar con gente que escupe sobre la noche y sobre uno mismo cuando pronuncia Jack Daniels no era más que una medida desesperada del Universo para evitar mi completa deshumanización, así que yo, que me muestro siempre dócil ante los asuntos cósmicos, fui poco a poco perdiendo el miedo y, de una manera inconsciente, conseguí adaptarme a trabajar de un modo mecánico, dejando así que mi maltrecho cerebro pudiese echar una cabezadita. Y es por eso que soy bobo cuando estoy detrás de una barra, salvo cuando alguien se queja por el precio de las copas y yo pienso, de nuevo, que no le estoy vendiendo una barra de pan, o cada vez que le saco la chapa a una de esas ridículas botellas de doscientos mililitros y reflexiono fugazmente, simulando una sonrisa ante el cliente, sobre las verdaderas estafas legales.

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