martes, 25 de junio de 2013

Mudanza

Podríamos decir que me inquieta dónde tengo la cabeza pero, en cambio, no presto mucha atención a dónde aposento mi trasero así que, cuando las cosas me van bien, no me preocupo mucho por mi peinado, ni por la ropa que llevo, ni por la casa que habito. Cuando hay problemas, en cambio, todo es susceptible de ser radicalmente reformado, pero respondiendo esto más a una superstición que a un verdadero interés por la naturaleza de los objetos y demás enseres que no podrán acompañarme nunca al más allá.
Todo lo expuesto anteriormente explica que lleve más años de la cuenta viviendo en un piso caro, enorme e incómodo, contabilizando mis pocas intenciones de encontrar otro lugar donde vivir como reacciones a señales más o menos visibles, borrosas o directamente inventadas por mi persona. De todas maneras, mi madre, que está enferma y pasa por ello mucho tiempo estirando las piernas en un sofá, siempre se ha preocupado más que yo mismo por la mejoría de lo que ella considera mi calidad de vida, así que a veces me envía enlaces a pisos bonitos a los que siempre les falta algo, les sobra, o lo tienen todo pero son difíciles de ver, o de pagar, e incluso a veces me facilita el trabajo y concierta citas para que vaya a verlos, como hizo el lunes pasado, haciéndolo coincidir con otra que había acordado yo mismo porque, a través de un evento en Facebook creado para la causa, sentí eso tan humano que es el miedo a perder la oportunidad.
Una vez vistos ambos futuros hogares, la elección no fue difícil. El que mi madre había escogido (uno de tantos, no la carguemos con tanta responsabilidad), era como uno de esos pisos que tienen los padres de tus amigos en la época escolar. Tampoco ayudó que al vendedor le patinase la mandíbula. Pensé: "yo no voy a envejecer tan rápido" y, sin más dilación que un tiempo que podríamos llamar "de respeto", como si el piso lo hubiese diseñado el mismo comercial de la inmobiliaria, me dirigí a probar suerte en el otro apartamento, que se encontraba en mi zona favorita de la ciudad, y que inmediatamente descubrí que era perfecto.
Así que en un mes comenzaré una nueva mudanza (la decimoquinta a lo largo de mi vida, que ya son), para terminar por instalarme en un sexto piso de dos habitaciones, cocina americana con vistas al mar y de mobiliario y distribución más que adecuados, con la difícil misión de reemplazar a la anterior inquilina, una encantadora pelirroja que convirtió eso en un hogar al que ni siquiera le faltan un par de figuras de Doctor Who a modo de decoración y de, obviamente, contundentes señales.

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