martes, 25 de junio de 2013

Para entender al revés

Hace aproximadamente tres años, estuve muy cerca de la muerte. Después de mucho tiempo compaginando fatal una enfermedad crónica con la nocturnidad, un alto porcentaje de mis órganos decidieron dejar de funcionar y tuve que cambiar mi vida de un modo tan radical que muy probablemente esos cambios se reflejen de algún modo en las líneas de mis manos. Comenzó entonces una reconstrucción que me ha llevado, a través de las más desagradables pruebas médicas, a una situación de estabilidad significante o, al menos, de una aceptación de mis propias e inamovibles limitaciones. Desde entonces, y aunque se me permita cierta flexibilidad, estoy sometido a una dieta estricta y a una prohibición de mis únicos vicios confesables hasta entonces: tabaco y alcohol, siendo sorprendentemente sencillo desprenderme del primero y un poco más difícil dejar de beber. Afortunadamente, me he centrado tanto en mi crecimiento personal (incluyendo en esto todos mis trabajos/hobbies), que el más mínimo malestar que me impida rendir al máximo es suficiente para mantenerme dos o tres meses alejado de cualquier mínima tentación, aunque incluso mis propios médicos lo consideren "una pequeña alegría", así que mi voluntad para conseguir mis metas hace el resto.
Yo, que siempre he sido un chico flacucho, delicado, y a veces enfermizo, no he podido ignorar un notable cambio físico desde que mi pancreas decidió dejar de funcionar. Recuerdo mis dos semanas en el hospital, una de ellas con dieta absoluta, y ver cómo, a pesar de no haber introducido nada en mi cuerpo durante ese tiempo, una incómoda curva rompía el equilibrio que conformaban el resto de huesos. Mi nueva realidad se confirmó cuando, poco después, acudí de nuevo al hospital para realizar un escáner de mi estómago y me topé con la negativa del médico, que afirmaba que era imposible que yo estuviese en ayunas. "Bien, por eso estoy aquí", contesté yo, y el hombre se encogió de hombros y finalmente hizo su trabajo con muy pocas esperanzas de que sirviese para nada.
A pesar de considerarme una persona bastante espiritual, debo admitir que traté de poner remedio a la ruptura de mi armonía física y, viendo que mi dieta estricta (nada de fritos, carnes rojas y demás) no era suficiente, decidí recurrir al gimnasio, donde me apliqué con devoción hasta que el apremio de mis aspiraciones me obligó a despedirme de aquellos personajes de los cuales os he hablado más de una vez, con un cuerpo, sí, más fuerte, pero que seguía hinchándose como una pelota cuando la sed (y no el vicio) me llevaba a beber algo más que el contenido de un pequeño vaso.
Y dejemos claro que cambiar la XS por la M no es un drama en ningún caso pero a mí, que me resisto a darle un par de días libres a la verdad, me cuesta y me cansa exponer todo lo explicado anteriormente cuando algún conocido (porque amigos tengo pocos) se sorprende al ver que "he ganado unos kilitos", posiblemente porque hace un buen tiempo que no se fija en mí y el que se ha afianzado en su cabeza es mi recuerdo como aquel joven desgarbado que era, o quizá es que ha tenido la desgracia de encontrarse conmigo después de haber sufrido una hipoglucemia que he aliviado bebiéndome de un trago una botella entera de zumo, mientras mi pancreas y mi estómago ven pasar el líquido como un turista que avanza hasta el final del autobús.
Y como no creo que merezca la pena y es, además, agotador, prefiero callarme cuando alguien trata de bromear, pues es fácil imaginar que debo alimentarme fatal, tan poca cosa y ya lejos de mamá, o simplemente deja patente su sorpresa sin ningún tipo de sutilezas. En esas ocasiones me limito a sonreir de manera inexpresiva aunque, todas y cada una de las veces, esté pensando que yo jamás actuaría de ese modo, pues existe una mínima posibilidad de que esos cambios fisonómicos sean debidos a una enfermedad que incluso, digamos, podrían estar mermando psicológicamente a mi interlocutor.

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