jueves, 27 de junio de 2013

Por qué odio que me regalen cosas

Por algún motivo, parece que la Vida nunca te permite mantenerte totalmente al margen y es, además, incontestable que todos nacemos supeditados a cierta opresión que puede ser explicada como un accidente natural, para consuelo de los escépticos. Del mismo modo, también nos quieren, como si una cantidad limitada de energía nos fuese destinada como alimento que nos impide morir finalmente de hambre. En mi caso, aunque de familia exigua y torpe, tengo el amor de mi madre, que es la que me impide alejarme por completo, como si existiese algo más grande que los principios, de un mundo que me es ajeno. Veo a la vida empujándome con sus manos para que vuelva al camino, y no sus enormes ojos verdes, cada vez que discutimos. Y así fue la última vez, cuando ella insistió en hacerme un regalo por mi cumpleaños, como si pareciese ignorar el sufrimiento que eso provoca en mí. Una foto en un marco bonito, una figura decorativa, un cinturón, un libro. ¡Si ella supiese lo que hace mi mente con todas esas cosas! Ya desde el mismo momento de la entrega me invade una creciente sensación de desesperanza porque, como tragados por la niebla más densa, son esos objetos desposeídos de su identidad, para convertirse en una nueva realidad exclusiva para mis ojos. Y es en todos los casos el producto de esa mutación motivo de profundo malestar, posiblemente explicado por mi naturaleza hipersensible, que traslada la voluntad del que regala al objeto regalado, para mantenerla con vida en él de tal modo que me veo obligado a alimentarlo. Una transformación que me convierte en un mago, frustrado por no ser el carpintero capaz de lograr que todos vean mis creaciones tan verdaderas como las veo yo, para que por fin comprendan mi pesar. Que yo convierto los regalos en cadáveres, a medida que fracasa mi corazón en su intento de alimentarlos a todos. Entonces los amontono y, sin tener que salirme de los límites que diferencian al hombre del monstruo, salgo a la calle agitado y comienzo a disparar: al clavel, a la manzana, al pedazo de madera. Al charco de agua, al insecto que baila dentro y al rayo de Sol, que lo atraviesa. Y ellos cambian, se hacen hermosos, en realidad todo cambia a mi paso y soy yo entonces el demente que ríe sin motivo, que se acerca a los paseantes como el niño que desconoce el habla y trata de explicarse abriendo mucho los ojos. Pero nadie entiende nada, así que los llevo a casa, donde arden amontonados sin que nadie dé nunca la voz de alarma.

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