miércoles, 23 de octubre de 2013

Hay muchos errores de concepto

Cuando comienza el día, siento una creciente angustia si me veo obligado a salir de casa temprano, sobre todo si el motivo de ello es realizar alguna tarea burocrática, en edificios públicos u oficiales.
Desayuno, como cualquier otro día, dos bolsitas de té inglés con un chorro de leche y, ya en la ducha, me rasco la cabeza con vehemencia, como si tratase de contagiar al resto del cuerpo una virilidad bien entendida, un carácter firme e inmutable como un revestimiento invisible, inalterable a las conjeturas que surgen de la malicia.
Siempre he pensado que hay algo de mágico en el baño, en situarse bajo el chorro y notar cómo las ideas se ablandan de tal modo que puedes entonces moldearlas con facilidad, vigilando, claro está, que no se escapen a través de los agujeros de las orejas.
Termino de acicalarme entre cúmulos de vapor y veo mi impreciso reflejo en el espejo del baño, sintiendo entonces el desconcierto diario ante la ausencia de la proporción áurea, de la belleza formal, desarreglo que recibo con un misterioso convencimiento de que, tal vez en uno o dos años, mi cuerpo se hará robusto, y quizá entonces también pueda probar suerte como futbolista de élite.
En el momento de escoger indumentaria utilizo la intuición, que se presenta como una ráfaga de energía que posiblemente aguardase ser requerida para una misión más solemne, así que muchas veces, disgustada, se niega a funcionar y, entonces, cuando pasa el tiempo y sigo sin una respuesta divina, concluyo que puedo escoger cualquier prenda, siguiendo tan sólo unos mínimos criterios estéticos, porque, aunque presente mi armario un aspecto impecable, saldré irremediablemente de casa con piedras en los bolsillos, el bajo de los pantalones rajado y alguna bola de polvo adherida a la suela de un zapato, incapaz de despegarse a mi paso durante el camino.
Sea mi destino un banco, una oficina de administración pública o el propio ayuntamiento, una vez allí me siento en deuda con todos, desde el cuarentón trajeado de internacional corte de pelo que entrelaza los dedos debajo de su barbilla hasta el fortachón de la entrada que, hace más de 5.000 años, cruzaba sus brazos a la derecha del Faraón.
Especial atención por mi parte reciben las empleadas públicas, a las que sonrío de una manera nerviosa, sospechosa, haciendo que me equivoque de modo que mi rúbrica en los documentos que he de firmar se muestre inestable y desigual. Las observo mientras ejecutan diligentes sus tareas, tratando de no clavar demasiado la vista en sus rostros arrogantes, de anticiparme a sus gestos distinguidos sin levantar sospechas, mientras del espacio que existe debajo de mis pechos comienzan a brotar decenas de gotitas de sudor que decidirán invadir el resto del cuerpo de un modo deshonroso y abundante, repugnante hecho que evita que acabe confesando a alguna de ellas, a la que sea, que haría cualquier cosa que me pidiese para, en cambio, hacerme huir, tropezando con algún otro proletario que espera su turno en la cola, esparciendo, como consecuencia del encontronazo, un montón de papeles por el suelo de baldosa.

martes, 22 de octubre de 2013

Amor y odio

Si hago un poco de memoria, no había mañanas más oscuras que las del día de colegio que se despertaba, calado hasta los huesos, con el aliento y el abrazo del frío de diciembre, y sé que fue precisamente una de esas mañanas cuando aprendí a provocarme el vómito.
Del mismo modo, leía anoche resignado: "..esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por una parte, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja", mientras a los pies de la cama raspaban entre sí sus dedos mis pies destapados, desnudos, y mi final definitivo ya sea como límite físico o como la ineludible conexión con el mundo real.
Es posible, reflexionaba en el silencio de la madrugada, horadado por las últimas sacudidas de la primera de las tormentas de otoño, de modo que podía visualizar la noche como un enorme y opaco queso de gruyere, que esa corazonada de una muerte a temprana edad que nunca he podido silenciar no sólo sirviese para angustiar a mis seres queridos, sino que me hubiese condicionado de tal manera esa convicción que, de algún modo que trato de discernir, me haya visto obligado a vivir más aprisa que el resto, como si una parte de mí pudiese haber vuelto de la muerte con unas respuestas tan sólidas que consiguiese, sin mucho esfuerzo, convencer a las otras partes de que era necesario un giro drástico, extremista, de modo que, en un brevísimo período, me vi obligado a suprimir la mayor parte de mis hábitos perniciosos y alguno más que siempre había considerado inocuo.
Sabiendo insuficiente esa prórroga en mi vida, es muy probable que, como si estuviese siendo manejado a distancia, también se decidiese a mis espaldas una premura en todas las actividades provechosas a las que me dedicaría, lo cual justificaría mi inexplicable y súbito rechazo a dormir más de cinco horas, mi compulsiva adquisición de ensayos, películas y demás manifestaciones artísticas, así como la incuestionable celeridad en todos los asuntos que podríamos relacionar con la ejecución de una justicia universal, concepto con el que estoy sobradamente familiarizado, y que respondería a una aceleración del ritmo de mi existencia, tanto de mis actos como de sus consecuencias, en un guiño cósmico que asegurase, muy posiblemente, que se respetasen los plazos establecidos.
Del mismo modo es manifiesto cierto inmediato castigo cuando, y esto me desconcierta, se acercan mis actos a la anarquía de cualquiera de los siete pecados capitales bíblicos, recibiendo leves escarmientos como descargas eléctricas que me disuaden inmediatamente de un camino que entonces se muestra ante mí tan enroscado como lo describen las sagradas escrituras, haciendo que no parezca disparatado que compartan estante en cualquier biblioteca los divinos libros con las grandes obras científicas.
Es indiscutible que existe, resumí, una suerte de plan universal para mí, y sería de imbéciles ignorar tantas señales.
Entonces volví de tan espesos pensamientos y el tiempo se reanudó.
Me invadió de pronto una sensación de inquietud y me envolví completamente en las mantas, evitando que las sombras se planteasen siquiera el aprisionar mis pies.
Con un lado de la cabeza sobre la almohada, traté de recordar la frase que había leído horas antes, y la identifiqué como el desencadenante de la incontenible disertación posterior.
 "..esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por una parte, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja".
Así que mis últimos pensamientos del día fueron de amor. De amor, de odio, y de lo tedioso que es encontrarse justo entre ambos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Eres magia cuando duermes

Es difícil no maravillarse ante la idea de que, incluso el más mediocre de los seres humanos, el más simplón y ordinario, es una máquina extraordinaria. Sorprendentemente, en lugar de convertir el escenario que habitamos en campo de pruebas para practicar nuestras habilidades, lo utilizamos como un manto que evita que apliquemos la visión cósmica a lo cotidiano, la mirada periférica que es necesaria para comprender la realidad y discernir que verdaderamente somos, todos y cada uno de nosotros, un milagro andante.
Yo he vivido verdaderas depresiones, bueno, todos lo hemos hecho alguna vez. Son momentos en los que eres incapaz de abrir los ojos y en los cuales el milagro médico se reduce a la sospecha, de tal modo que cuando aciertan, si es que alguna vez lo hacen, su reacción es totalmente diferente a la del profesional que te cura una gripe. Mi madre lo ha pasado mucho peor que yo con la psiquiatría, de todas maneras, y todavía sigue peleándose. Yo le digo: "abre los ojos", pero no funciona. Le cuento que las ramas de los árboles en los bosques reproducen, a escala, el tamaño de los árboles circundantes, pero no le importa. Le diría: "ve al espacio y vuelve". Quizá en el futuro nos traten así. Y quizá en el futuro, al igual que ahora, también sea más efectivo un placebo que un viaje espacial.
Porque la clave es el cerebro, que nos dice que hoy veamos lluvia en lugar del día soleado que ven los demás. "¿Y qué hay en realidad?", pregunta mi madre, "¿y si en realidad no hay nada?", contesto yo. Y nos miramos como dos octogenarios a los que el informativo de la tarde les dice que al Sol le quedan ocho mil millones de años de vida.
Pero la verdad es que suceden milagros todos los días, de una solidez y diligencia que hacen que el día de cobro parezca un fantasma.
Una vez a la semana, como con mi familia. Recorro como una actualizada Caperucita Roja los veinte minutos de camino hasta casa de mi madre y suele ser Breixo, mi sobrino mayor, el que me abra la puerta y me reciba con un abrazo. Breixo tiene dos años. El pequeño es Jon, de seis meses, ambos hijos de mi hermana y mi cuñado, mi homónimo vasco. La escena la completan mi madre y su novio, ambos cercanos a los sesenta años de edad. Después de una comida dispar (pues la mitad de la mesa no come carne) y un rato de juego, Breixo y Jon son incapaces de evitar una pequeña siesta, a la que Breixo opone más resistencia que su hermano menor, para finalmente cerrar los ojos y entrar en un profundo sueño. Muchas veces, admito que un poco agotado de jugar con los críos, le pregunto a Breixo si tiene sueño. Independientemente de su respuesta, siempre pienso en cuál será el concepto que tengan mis sobrinos del cotidiano hecho de cerrar los ojos y notar cómo su cerebro se desconecta. Entonces intento remontarme a mi infancia y escudriño en mis recuerdos, en busca de algún momento en el que hiciese justicia al alucinante proceso del sueño. Si la mente es una de las claves, reflexiono, muy probablemente sean esas cabezadas la manifestación de un poder tan familiar como desconocido.
Llueve fuera (¿o luce el Sol?) y recuerdo mis flirteos con los viajes astrales. No me cuesta mucho entonces visualizar mi cerebro como un globo que se despega del suelo y flota en una dimensión que encierra nuestro cráneo, pero que muy posiblemente carece de límites.
Eso me lleva atropelladamente a la hipnosis, tantas veces prueba de que, de algún modo, podemos acceder a cualquier momento concreto de nuestro pasado y revivirlo, mientras el globo sigue flotando y termina por desaparecer de mi vista.
Es el momento de la muerte física, que ya no da tanto miedo.

martes, 8 de octubre de 2013

Si las canas fuesen antenas

A mí no me gusta ser adulto, parecer serio. Que una chica te agarre de la mano e inmediatamente sepa que todo va a ir bien. Conducir con peinado de futbolista en horas bajas y llevar al perro a la playa. Yo era feliz con quince años, si me dejaban solo en casa, pues mis pensamientos ocupaban cada una de las habitaciones y, aún así, tenía que cerrar las ventanas para impedir que se escapasen. Odiaba ir en autobús. Mis gustos no han cambiado, por qué debería ahora comportarme de una manera diferente, como si las canas fuesen blancas antenas que naciesen en el núcleo del cerebro. Como si perdiese mil soldados en cada diente que se rompe.