martes, 22 de octubre de 2013

Amor y odio

Si hago un poco de memoria, no había mañanas más oscuras que las del día de colegio que se despertaba, calado hasta los huesos, con el aliento y el abrazo del frío de diciembre, y sé que fue precisamente una de esas mañanas cuando aprendí a provocarme el vómito.
Del mismo modo, leía anoche resignado: "..esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por una parte, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja", mientras a los pies de la cama raspaban entre sí sus dedos mis pies destapados, desnudos, y mi final definitivo ya sea como límite físico o como la ineludible conexión con el mundo real.
Es posible, reflexionaba en el silencio de la madrugada, horadado por las últimas sacudidas de la primera de las tormentas de otoño, de modo que podía visualizar la noche como un enorme y opaco queso de gruyere, que esa corazonada de una muerte a temprana edad que nunca he podido silenciar no sólo sirviese para angustiar a mis seres queridos, sino que me hubiese condicionado de tal manera esa convicción que, de algún modo que trato de discernir, me haya visto obligado a vivir más aprisa que el resto, como si una parte de mí pudiese haber vuelto de la muerte con unas respuestas tan sólidas que consiguiese, sin mucho esfuerzo, convencer a las otras partes de que era necesario un giro drástico, extremista, de modo que, en un brevísimo período, me vi obligado a suprimir la mayor parte de mis hábitos perniciosos y alguno más que siempre había considerado inocuo.
Sabiendo insuficiente esa prórroga en mi vida, es muy probable que, como si estuviese siendo manejado a distancia, también se decidiese a mis espaldas una premura en todas las actividades provechosas a las que me dedicaría, lo cual justificaría mi inexplicable y súbito rechazo a dormir más de cinco horas, mi compulsiva adquisición de ensayos, películas y demás manifestaciones artísticas, así como la incuestionable celeridad en todos los asuntos que podríamos relacionar con la ejecución de una justicia universal, concepto con el que estoy sobradamente familiarizado, y que respondería a una aceleración del ritmo de mi existencia, tanto de mis actos como de sus consecuencias, en un guiño cósmico que asegurase, muy posiblemente, que se respetasen los plazos establecidos.
Del mismo modo es manifiesto cierto inmediato castigo cuando, y esto me desconcierta, se acercan mis actos a la anarquía de cualquiera de los siete pecados capitales bíblicos, recibiendo leves escarmientos como descargas eléctricas que me disuaden inmediatamente de un camino que entonces se muestra ante mí tan enroscado como lo describen las sagradas escrituras, haciendo que no parezca disparatado que compartan estante en cualquier biblioteca los divinos libros con las grandes obras científicas.
Es indiscutible que existe, resumí, una suerte de plan universal para mí, y sería de imbéciles ignorar tantas señales.
Entonces volví de tan espesos pensamientos y el tiempo se reanudó.
Me invadió de pronto una sensación de inquietud y me envolví completamente en las mantas, evitando que las sombras se planteasen siquiera el aprisionar mis pies.
Con un lado de la cabeza sobre la almohada, traté de recordar la frase que había leído horas antes, y la identifiqué como el desencadenante de la incontenible disertación posterior.
 "..esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por una parte, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja".
Así que mis últimos pensamientos del día fueron de amor. De amor, de odio, y de lo tedioso que es encontrarse justo entre ambos.

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