miércoles, 16 de octubre de 2013

Eres magia cuando duermes

Es difícil no maravillarse ante la idea de que, incluso el más mediocre de los seres humanos, el más simplón y ordinario, es una máquina extraordinaria. Sorprendentemente, en lugar de convertir el escenario que habitamos en campo de pruebas para practicar nuestras habilidades, lo utilizamos como un manto que evita que apliquemos la visión cósmica a lo cotidiano, la mirada periférica que es necesaria para comprender la realidad y discernir que verdaderamente somos, todos y cada uno de nosotros, un milagro andante.
Yo he vivido verdaderas depresiones, bueno, todos lo hemos hecho alguna vez. Son momentos en los que eres incapaz de abrir los ojos y en los cuales el milagro médico se reduce a la sospecha, de tal modo que cuando aciertan, si es que alguna vez lo hacen, su reacción es totalmente diferente a la del profesional que te cura una gripe. Mi madre lo ha pasado mucho peor que yo con la psiquiatría, de todas maneras, y todavía sigue peleándose. Yo le digo: "abre los ojos", pero no funciona. Le cuento que las ramas de los árboles en los bosques reproducen, a escala, el tamaño de los árboles circundantes, pero no le importa. Le diría: "ve al espacio y vuelve". Quizá en el futuro nos traten así. Y quizá en el futuro, al igual que ahora, también sea más efectivo un placebo que un viaje espacial.
Porque la clave es el cerebro, que nos dice que hoy veamos lluvia en lugar del día soleado que ven los demás. "¿Y qué hay en realidad?", pregunta mi madre, "¿y si en realidad no hay nada?", contesto yo. Y nos miramos como dos octogenarios a los que el informativo de la tarde les dice que al Sol le quedan ocho mil millones de años de vida.
Pero la verdad es que suceden milagros todos los días, de una solidez y diligencia que hacen que el día de cobro parezca un fantasma.
Una vez a la semana, como con mi familia. Recorro como una actualizada Caperucita Roja los veinte minutos de camino hasta casa de mi madre y suele ser Breixo, mi sobrino mayor, el que me abra la puerta y me reciba con un abrazo. Breixo tiene dos años. El pequeño es Jon, de seis meses, ambos hijos de mi hermana y mi cuñado, mi homónimo vasco. La escena la completan mi madre y su novio, ambos cercanos a los sesenta años de edad. Después de una comida dispar (pues la mitad de la mesa no come carne) y un rato de juego, Breixo y Jon son incapaces de evitar una pequeña siesta, a la que Breixo opone más resistencia que su hermano menor, para finalmente cerrar los ojos y entrar en un profundo sueño. Muchas veces, admito que un poco agotado de jugar con los críos, le pregunto a Breixo si tiene sueño. Independientemente de su respuesta, siempre pienso en cuál será el concepto que tengan mis sobrinos del cotidiano hecho de cerrar los ojos y notar cómo su cerebro se desconecta. Entonces intento remontarme a mi infancia y escudriño en mis recuerdos, en busca de algún momento en el que hiciese justicia al alucinante proceso del sueño. Si la mente es una de las claves, reflexiono, muy probablemente sean esas cabezadas la manifestación de un poder tan familiar como desconocido.
Llueve fuera (¿o luce el Sol?) y recuerdo mis flirteos con los viajes astrales. No me cuesta mucho entonces visualizar mi cerebro como un globo que se despega del suelo y flota en una dimensión que encierra nuestro cráneo, pero que muy posiblemente carece de límites.
Eso me lleva atropelladamente a la hipnosis, tantas veces prueba de que, de algún modo, podemos acceder a cualquier momento concreto de nuestro pasado y revivirlo, mientras el globo sigue flotando y termina por desaparecer de mi vista.
Es el momento de la muerte física, que ya no da tanto miedo.

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