martes, 26 de noviembre de 2013

IV

Por motivos que ahora no vienen al caso, soy incapaz de mantener la concentración. Esto ha sido así desde que tengo uso de razón y, lejos de considerarlo un problema, me ha servido para ser de los mejores del mundo aprovechando el tiempo. Una vez hecho el esfuerzo, breve pero titánico, acompañarlo de cierto ruido de fondo que evite la creencia de que estoy siendo accionado a distancia es sólo un proceso mecánico, al que me habitué fácilmente durante mi infancia.
Por ello, aunque me encanta pasar la tarde con mi madre y salir a pasear (principalmente porque ella siempre ha deseado tener una familia normal), me encontraba yo pensando en mis tonterías (me quiere, no me quiere), mientras ella me hablaba de su día a día, del punto de sal justo, de los progresos de mis sobrinos y del frío de mañana. Hacía yo esto de un modo relajado, como el que comparte un espumoso baño con su pareja, dejando que sea su mente la que se exprese, la que fluya, con la conexión perfecta que permitiría ponerse en alerta ante el más mínimo cambio en el tono de su voz. Era mi mente, sin ningún tipo de remordimiento, un campo abierto lleno de pensamientos abstractos a los que, como flores de los colores más vivos, acercarse como un abejorro sin llegar a alterar el ecosistema. Era la segunda parte de La Divina Comedia. De hecho, estaba viviendo dos vidas al mismo tiempo.
De repente, me miró abriendo mucho sus ojos, grandes y verdes, y entonces me desperté.
Nos encontrábamos en una cafetería de escasos aunque positivos recuerdos para mí. Meses atrás, en mi primera visita, disfruté de una gran victoria del Real Madrid en una de sus pantallas. Recuerdo que garabateé en una servilleta, durante el partido, un plan para conseguir ahorrarles miles de euros al mes, utilizando la paradoja del árbol que cae y nadie se encuentra lo suficientemente cerca como para escuchar el impacto. El camarero, probable secundario en una película de David Cronenberg en cualquier otro universo, fue perdiendo el miedo, o ganando el interés, a medida que yo le pedía copas de vino tinto, de tal manera que cuando aboné la cuenta se despidió con una sonrisa que quería decir: "paradójicamente, eres normal. Muchas gracias".
La segunda vez que estuve ahí fue cuando vi dentro, desde la acera, a Javier, al que aprecio mucho. Fue una visita fugaz, pues me limité a entrar para saludarlo con un abrazo y sacarlo de ahí, con la intención de que me acompañase a comprar discos. Yo no puedo ir de compras solo. El secundario de Cronenberg me reconoció y noté cómo las cosas se habían estabilizado entre nosotros.
Estando frente a mi madre, encajados ambos en dos sillas de madera sólo similares en su estrechez, pensé que era -y es- una mujer muy bella. Una mujer de 56 años que había deformado su cuerpo para alojarme y que me había protegido cuando era éste un mundo lleno de trampas mortales. Cuando me mira así y habla, yo callo. No hay más.
Empezó a contarme la historia.
Me dijo que había ido al cementerio, el día de Todos los Santos, a visitar los panteones familiares con el propósito de honrar a sus muertos y continuar con el mantenimiento adecuado de las tumbas. Asentí como aprobación, aunque pensé para mis adentros que también podríamos haber aprendido a construír pirámides, grandes como estadios. Ella siguió narrando, sin dejar de clavar sus ojos en mí de tal manera que, si quisiese, no podría escaparme. Mi madre se revolvió en la sillita al exteriorizar la angustia que sintió al ver que la tumba de su padre (mi abuelo) había sido decorada con cientos de flores de plástico y cómo una fuerza irracional la empujó con ambas manos calle abajo, a la floristería más cercana, donde compró una sencilla rosa que colocó entre las demás flores, como un enamorado que duerme entre drogadictos.

Llegado a este punto quizá deberíais saber que la relación entre mi madre y mi abuelo era especialmente difícil, de tal manera que yo jamás he pensado que él fuese un buen hombre.

Sus ojos se humedecieron y yo la animé a continuar, como cuando un niño se da un golpe y tratas de distraerlo para evitar que rompa a llorar.
Un par de noches después, continuó narrando, soñó con mi padre. Que lo veía a través de una ventana y nos decía a mí y a mi hermana, que la acompañábamos, si también lo veíamos. Entonces mi padre, cuya seña de identidad probablemente siempre haya sido la pausa, le aclaraba que sólo ella podía verlo, por mucho que él se esforzase en mostrarse visible para nosotros, y la advertía del esfuerzo extenuante que esto suponía para él. Después la miró y le dijo que había venido a darle un abrazo de parte de su padre (mi abuelo) y en ese momento, de semejante carga emotiva, mi padre, mi hermana y yo nos evaporamos y el sueño se interrumpió.
Permanecimos un instante en silencio, mi madre y yo, tiempo que, teniendo en cuenta los escasos paréntesis de la historia que acababa de contarme, pareció un siglo.
Miré el reloj e hice un gesto al secundario de Cronenberg para que trajese la cuenta, aunque en su lugar vino rauda una jovencita bastante espectacular que casi consigue echar a perder la solemnidad del momento que estábamos compartiendo en nuestra mesita, sólo similar al resto de mesas del bar en su estrechez.

El sexo lo jode todo

Levanté la cabeza, visiblemente emocionado, y traté de proporcionarle a mi madre la evidente explicación racional a su testimonio, explicación que a ninguno de los dos nos importaba realmente. Ella me dio la razón, como si estuviésemos siendo monitorizados por un equipo de psiquiatras, y ambos nos levantamos al mismo tiempo y abandonamos el bar.
En sentido opuesto a ella, bajé por el esqueleto de la gran avenida, una de las arterias principales de la ciudad. Cuando giré la cabeza, mi madre flotaba a lo lejos.
Giré a la derecha con los pantalones llenos de polvo y escalé unas piedras hasta llegar al barrio donde trabajo. Durante el camino pensé en los televisores colgantes, en los demás clientes, en los vasos de cerveza, en las latas de refresco, en los pedazos de pan con queso, los servilleteros, las aceitunas e incluso en los huecos de los ceniceros y en qué momento exacto desaparecieron. Frente a mí, mi lugar de trabajo se había convertido en un inmenso socavón.

jueves, 21 de noviembre de 2013

III - III

Yo no quiero que seamos amigos, pues probablemente no podríamos serlo jamás. Tampoco ansío que compartamos nuestras vidas durante unos meses, o a lo sumo un año, que es el período máximo de tiempo que puedo amar plenamente a alguien. Pero existe una línea pintada de un sólo trazo que separa nuestras pupilas, y, aguardando por nosotros, una sola sombra para los dos: nuestras siluetas unidas de manera indivisible por mi cabeza, entre tus piernas, como punta incandescente que te clava a la cama.

lunes, 18 de noviembre de 2013

III

Salgo de casa una hora antes del límite que me había marcado para llegar cinco minutos antes que Andrea, de modo que camino relajado hacia mi destino y dedico un pensamiento (lo nuevo de Nick Cave, camisas, aquel mediocentro norteamericano del Rácing de Santander) a cada alcantarilla que piso. A pesar de la calma, tardo únicamente quince minutos en llegar a La Ballena Alegre, premura que explico mejor como una falta de adaptación a la nueva zona que habito (llevo un par de meses viviendo en el centro y todavía no controlo las distancias) que como una curva en la línea temporal que me sonríe por ser tan previsor.
Durante el camino, que transcurre fundamentalmente a través de una gran avenida a la que accedo por una callejuela que sale de mi casa y de la que me desvío por otra similar que llega a mi destino, formando una especie de ese, me cruzo con un grupo de adolescentes en shorts salidos de algún gimnasio cercano que miran sudorosos a unos jeans azules que se contonean en la acera de enfrente, configurando una escena eminentemente sexual. Son demasiado jóvenes, pienso, como para ser hombres. Ni siquiera me parecen españoles, ni seres humanos. Son, simplemente, la sexualidad, y yo soy un afortunado por no perderme en matices, como podrían ser cuántos brazos tienen. Inmediatamente recuerdo mi primera paja, bastante tardía, una noche al salir de la ducha, y la última, hace un par de horas, y analizo brevemente las diferencias, que se me antojan insalvables. Me topo después con una familia completa que abarca todo el ancho de la acera y me obliga a esperar a su paso haciendo equilibrios en el bordillo donde, impaciente, pretendo aparentar divertido al guiñarle un ojo a una niña de unos diez años que viene junto a sus padres detrás de la familia que es, a efectos prácticos, un elefante. Reflexiono acerca de la línea que separa niña de mujer, y sobre cuándo es recomendable dejar de bromear con todo. Pasa una pareja de testigos de Jehová, ambos hombres, que ni me miran y me hacen sentir estúpidamente rechazado pues tal vez, como dispongo de tiempo, podrían explicarme si realmente se describe un OVNI en Ezequiel 1:15-18, como siempre he sospechado. Un tipo de mi edad (más de treinta) y rastas sale de una tienda de comestibles con lo que parece ser una pequeña bolsa de basura azul eléctrico llena de cosas. La anuda con talento y la coloca a la altura de su bajo vientre, mientras se sube a una mountain bike y se aleja dejando que la bolsa brinque alternativamente en cada uno de sus muslos. Pienso qué llevará en esa bolsa y, sobre todo, si habrá calculado mentalmente el precio de los artículos al escogerlos o si se habrá llevado una sorpresa, positiva o negativa, al pagar. Recuerdo que una vez pagué veinte euros exactos en el súper. Veinte euros justos, qué probabilidades hay. Una ex me ignora cuando levanto la mano para saludarla, de modo que aprovecho para rascarme encima de mi ceja derecha, como si ahí me picase algo, y entonces me acuerdo de la dermatitis que un peluquero gay me diagnosticó hace un par de años y que, desde entonces, se ha puesto a la cola de "los potenciales problemas de salud de los que debo ocuparme", junto al bulto del pecho, la vista nublada, las manchitas marrones de los pies, los cuatro días de jaquecas a la semana, las entradas y, en último lugar, la escasa eyaculación. Veo a una chica negra, a una pelota del mismo color que precede a un niño y cuyo rebote disparatado detengo con la mano en un gesto hábil que salva la vida a una viejecita que lleva tres días de camino a la panadería y a un niño que dice "gracias, señor" espachurrando a la altura de su pecho una gorrilla con ambas manos.
Un hombre de unos cuarenta años con un bigote muy a la moda me saluda con gesto amable, ignorando que está a punto de pisar la equis roja que pinté ayer, embriagado, con el objetivo de cotejar la sospechosa trascendencia de ese punto concreto de la ciudad. Una vez que caigo en la cuenta de que no recuerdo su nombre, me limito a sonreirle y a dejarlo ir. Hay equis rojas por todas partes, pienso para mí, mientras apunto este dato en una libretita que llevo siempre conmigo, con la intención de advertir después a Andrea

X ROJA

Evito a un mendigo fortachón al que detesto, por malencarado, pasando entre dos coches que recortan la acera, insolentemente mal aparcados, adelantando así a un chico de unos veintipocos que lleva un gorro muy de los noventa y que juega usando ambas manos con su teléfono móvil, con tanto ímpetu que olvida por completo a su perro (un cachorro mezcla de bulldog americano y labrador. Un perrazo) que corretea libre y me sigue durante unos metros, hasta que me olvida cambiando bruscamente de dirección para dirigirse a olisquear un árbol, mientras su dueño se sigue desplazando en una perfecta línea recta, desapareciendo detrás de mí cuando abandono la avenida y recorro los últimos metros del trayecto. Me cruzo con Martín, que no me saluda, y entonces pienso que hoy soy invisible para mucha gente. Tras él, dos chicas de unos quince años (una guapa, la otra menos), se adelantan a una niebla que sale de alguna parte. Atravieso las ondas sonoras de un grito que parece, al mismo tiempo, de hombre y de mujer. Pasa la bici del hippy, vacía, Y doscientas latas de atún. Condones. Un pack de seis cervezas que estallan ante mí de una en una, emitiendo un sonido diferente cada vez y que me hacen pensar inevitablemente en la palabra squirt. El cachorro (un perrazo) me mira fugazmente con familiaridad mientras juguetea con algo que resulta ser un brazo humano, para enseguida salir corriendo calle abajo como si fuese a arrebatarle su trofeo. Turbado, medito si un niño podría comerse un brazo humano como si tal cosa. Asumo que sí, si no le dejas ver la tele. Un gorro muy noventero cae a mis pies. Pienso en los noventa: Nirvana, el Brit Pop, Rage Against the Machine. Veo más condones. Suena un puñetazo, ejecutado con la misma fuerza con la que intentas ver guapa a la chica que está colada por ti. Pero las cosas siempre cambian, después del sexo.

martes, 12 de noviembre de 2013

II

Le digo a Andrea que nos vemos en "La Ballena Alegre", como respuesta a un proceso rutinario que no requiere de mucha reflexión y que ejecuto cada vez que alguna chica (normalmente veinteañera, aunque también haya excepciones como Susana), susurra un "no sé, elige tú" con voz de doblaje al otro lado del teléfono, endilgándome a mí el bastón de mando.

No es una buena manera de empezar. 

Mientras me pruebo trece camisetas, una detrás de otra, pienso como si fuese la primera vez en lo ridículo de que la gente busque en sus vidas a los protagonistas de sus películas favoritas y que, al mismo tiempo, las voces de doblaje sean así de impostadas. También en las chicas que buscan hombres extraordinarios cuando ellas son todas iguales. El reflejo en el espejo sonríe, dándome la razón, y se abotona con torpeza la camisa de color verde oscuro que finalmente ha escogido, me vuelve a mirar rodeado de motitas blancas y ambos agitamos la cabeza con desdén.
No es una buena manera de empezar, repito en voz baja. Y sacudo los dedos para desentumecerlos, un tanto avergonzado al recordar que la noche anterior teoricé, entre bostezos, sobre la persistente presencia a mi alrededor de algún sistema ultramoderno de vigilancia que, sin remedio, acababa de registrarme mostrando una lastimosa adaptación al medio.

Supongo que todos somos los protagonistas de nuestras propias películas, aunque nuestras voces sean ciertamente irregulares.

Y aprovecho para saludar a Dios, mientras me pongo el abrigo tres cuartos gris.
En el umbral de la puerta de salida, dudo durante unos segundos si volver atrás al visualizar mentalmente en el suelo de la habitación de tarima marrón claro, casi blanco, muy difícil de limpiar, la montaña de camisetas que previamente he descartado. Perezoso, regreso sobre mis pasos (en principio porque tengo tiempo de sobra, aunque seguramente haya otros motivos ocultos), pero antes de llegar deseo con todas mis fuerzas -que todavía no son muchas- enamorarme de Andrea, de tal manera que, inconscientemente, acabo llamando a cada camiseta por el nombre de una ex novia a medida que, arrodillado, las levanto del suelo y las lanzo grácilmente a la cama. A saber: Patri (al principio, pero es que la invité a salir sin habernos visto nunca antes), Estefanía, Gloria (las dos), las pecas de aquella chica pelirroja que vivía en Madrid, María, María otra vez, las vecinas de escalera (hermanas, muy parecidas) que tenía cuando vivía con mi madre, Mónica (de la que todo el mundo piensa que me duele hablar, pero no), Sofía e incluso María, que se intentó suicidar cuando la dejé, pero que al año siguiente, y durante una noche, era claramente la solución a todos mis problemas.
Trato de recordar de quién me he olvidado, me sacudo las rodillas con las manos y salgo de casa, siguiendo los pasos del hombre del espejo.

martes, 5 de noviembre de 2013

I

Cuando alguien me pregunta por mi historial académico me muestro orgulloso, a la suficiente distancia de la vanidad para que mi interlocutor no necesite ser demasiado sensitivo para poder defender las ventajas de ambos rumbos, el suyo y el mío, como si se mezclase golosamente lo dulce con lo salado.
Porque podría hablarle de un recorrido impecable, digamos que perfecto, que cercené súbitamente para levantar la vista y agrandar mi pecho, abrazando esa nueva situación como el que recibe a los primeros rayos del Sol de Marzo.
Hablaría entonces durante tres, cuatro o cinco citas más como máximo, seis, quizá, siempre al abrigo de la cerveza, de la noche, o de ambas, intercalando amplios espacios de empatía (simulada o no) para que pasase mi oyente a ser pareja, siendo aplicado, de esa manera, un filtro infalible como un sistema, tan enrevesado como inmediato, que pretende eliminar la misericordia mal entendida. Pero, como persona que aborrece la debilidad de los grises, mis incursiones en el sexo opuesto se limitan, salvo las excepciones que luego cuentas a mamá, a un par de noches en alguna cantina remota, -ésa es la única condición. Sin gravedad, a ser posible-, que terminan por trazar, como uñas que rasgan la seda, la línea inmutable que separa aborrecerme de enamorarse de mí. Y es por ese ahorro de energía, de igual modo que hace la Naturaleza construyendo melosos hexágonos con las abejas, por lo cual mis disertaciones acerca de mi vida escolar se resumen en dos o tres sentencias que son suficientes para que se combinen, como fluidos de similar densidad, con otros tres o cuatro apuntes que repito como un mantra, (pensamiento único, música, exclusividad, sexo), de tal manera que la persona que recibe la información, independientemente del orden de llegada, consigue hacerse una idea ciertamente ajustada a la realidad, aunque con la mirada benévola que desea para sí cualquiera que no sea imbécil. El objetivo de esto es doble: en primer lugar, evitar en la medida de lo posible la incomprensión que provocan nuestros insondables cerebros, al descodificar la información que reciben en base a numerosos factores, todos ellos subjetivos, que causan sin remedio que no existan dos visiones exactamente iguales de la misma realidad, y, como propósito secundario, impedir que la persona que me escuche crea que trato de impresionarla y, sobre todo, que es ésa mi única finalidad.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Me veo obligado a negar cualquier tipo de referencia a tu persona.

Un día quise ver extraterrestres y todo eso. Entonces yo todavía vivía en la casa de la terraza, en el Berbés, y, durante la época estival, dormía en ocasiones junto al Golden Retriever, mirando al cielo desde una tumbona. La primera noche, sólo vimos luces. La segunda, se movían, pero no como se mueven las estrellas, sino que trazaban una órbita dominada por el caos. La tercera noche que vigilamos el cielo algo nos sobrevolaba, e incluso pude notar cómo el perro se ponía nervioso. Después nos quedamos dormidos y yo soñé que un ovni se posaba en un patio cercano y entonces sentía que eso me proporcionaba todas las respuestas. Al día siguiente, satisfecha mi curiosidad, olvidé a las naves y me obsesioné con una chica. Era de rostro dulce y diez años menos. Estuvimos juntos algunas semanas, y siempre contará con la aprobación de haber sido mucho más difícil de seducir que de amar, aunque esto fuese debido a supersticiones culturales. Más escueta fue la despedida: a ella no le gustó que comparase nuestra relación con una lavandería y cerró dando un portazo. Cuando la volví a ver, casi un año después, su vestido todavía brillaba. Después de amarla me fascinó el número sesenta y tres. Lo veía en todas partes: en las matrículas de los coches, en los precios de las cosas y en los termómetros, antes de que estallasen.