lunes, 18 de noviembre de 2013

III

Salgo de casa una hora antes del límite que me había marcado para llegar cinco minutos antes que Andrea, de modo que camino relajado hacia mi destino y dedico un pensamiento (lo nuevo de Nick Cave, camisas, aquel mediocentro norteamericano del Rácing de Santander) a cada alcantarilla que piso. A pesar de la calma, tardo únicamente quince minutos en llegar a La Ballena Alegre, premura que explico mejor como una falta de adaptación a la nueva zona que habito (llevo un par de meses viviendo en el centro y todavía no controlo las distancias) que como una curva en la línea temporal que me sonríe por ser tan previsor.
Durante el camino, que transcurre fundamentalmente a través de una gran avenida a la que accedo por una callejuela que sale de mi casa y de la que me desvío por otra similar que llega a mi destino, formando una especie de ese, me cruzo con un grupo de adolescentes en shorts salidos de algún gimnasio cercano que miran sudorosos a unos jeans azules que se contonean en la acera de enfrente, configurando una escena eminentemente sexual. Son demasiado jóvenes, pienso, como para ser hombres. Ni siquiera me parecen españoles, ni seres humanos. Son, simplemente, la sexualidad, y yo soy un afortunado por no perderme en matices, como podrían ser cuántos brazos tienen. Inmediatamente recuerdo mi primera paja, bastante tardía, una noche al salir de la ducha, y la última, hace un par de horas, y analizo brevemente las diferencias, que se me antojan insalvables. Me topo después con una familia completa que abarca todo el ancho de la acera y me obliga a esperar a su paso haciendo equilibrios en el bordillo donde, impaciente, pretendo aparentar divertido al guiñarle un ojo a una niña de unos diez años que viene junto a sus padres detrás de la familia que es, a efectos prácticos, un elefante. Reflexiono acerca de la línea que separa niña de mujer, y sobre cuándo es recomendable dejar de bromear con todo. Pasa una pareja de testigos de Jehová, ambos hombres, que ni me miran y me hacen sentir estúpidamente rechazado pues tal vez, como dispongo de tiempo, podrían explicarme si realmente se describe un OVNI en Ezequiel 1:15-18, como siempre he sospechado. Un tipo de mi edad (más de treinta) y rastas sale de una tienda de comestibles con lo que parece ser una pequeña bolsa de basura azul eléctrico llena de cosas. La anuda con talento y la coloca a la altura de su bajo vientre, mientras se sube a una mountain bike y se aleja dejando que la bolsa brinque alternativamente en cada uno de sus muslos. Pienso qué llevará en esa bolsa y, sobre todo, si habrá calculado mentalmente el precio de los artículos al escogerlos o si se habrá llevado una sorpresa, positiva o negativa, al pagar. Recuerdo que una vez pagué veinte euros exactos en el súper. Veinte euros justos, qué probabilidades hay. Una ex me ignora cuando levanto la mano para saludarla, de modo que aprovecho para rascarme encima de mi ceja derecha, como si ahí me picase algo, y entonces me acuerdo de la dermatitis que un peluquero gay me diagnosticó hace un par de años y que, desde entonces, se ha puesto a la cola de "los potenciales problemas de salud de los que debo ocuparme", junto al bulto del pecho, la vista nublada, las manchitas marrones de los pies, los cuatro días de jaquecas a la semana, las entradas y, en último lugar, la escasa eyaculación. Veo a una chica negra, a una pelota del mismo color que precede a un niño y cuyo rebote disparatado detengo con la mano en un gesto hábil que salva la vida a una viejecita que lleva tres días de camino a la panadería y a un niño que dice "gracias, señor" espachurrando a la altura de su pecho una gorrilla con ambas manos.
Un hombre de unos cuarenta años con un bigote muy a la moda me saluda con gesto amable, ignorando que está a punto de pisar la equis roja que pinté ayer, embriagado, con el objetivo de cotejar la sospechosa trascendencia de ese punto concreto de la ciudad. Una vez que caigo en la cuenta de que no recuerdo su nombre, me limito a sonreirle y a dejarlo ir. Hay equis rojas por todas partes, pienso para mí, mientras apunto este dato en una libretita que llevo siempre conmigo, con la intención de advertir después a Andrea

X ROJA

Evito a un mendigo fortachón al que detesto, por malencarado, pasando entre dos coches que recortan la acera, insolentemente mal aparcados, adelantando así a un chico de unos veintipocos que lleva un gorro muy de los noventa y que juega usando ambas manos con su teléfono móvil, con tanto ímpetu que olvida por completo a su perro (un cachorro mezcla de bulldog americano y labrador. Un perrazo) que corretea libre y me sigue durante unos metros, hasta que me olvida cambiando bruscamente de dirección para dirigirse a olisquear un árbol, mientras su dueño se sigue desplazando en una perfecta línea recta, desapareciendo detrás de mí cuando abandono la avenida y recorro los últimos metros del trayecto. Me cruzo con Martín, que no me saluda, y entonces pienso que hoy soy invisible para mucha gente. Tras él, dos chicas de unos quince años (una guapa, la otra menos), se adelantan a una niebla que sale de alguna parte. Atravieso las ondas sonoras de un grito que parece, al mismo tiempo, de hombre y de mujer. Pasa la bici del hippy, vacía, Y doscientas latas de atún. Condones. Un pack de seis cervezas que estallan ante mí de una en una, emitiendo un sonido diferente cada vez y que me hacen pensar inevitablemente en la palabra squirt. El cachorro (un perrazo) me mira fugazmente con familiaridad mientras juguetea con algo que resulta ser un brazo humano, para enseguida salir corriendo calle abajo como si fuese a arrebatarle su trofeo. Turbado, medito si un niño podría comerse un brazo humano como si tal cosa. Asumo que sí, si no le dejas ver la tele. Un gorro muy noventero cae a mis pies. Pienso en los noventa: Nirvana, el Brit Pop, Rage Against the Machine. Veo más condones. Suena un puñetazo, ejecutado con la misma fuerza con la que intentas ver guapa a la chica que está colada por ti. Pero las cosas siempre cambian, después del sexo.

1 comentario:

  1. Sempre me asombrou a xente que atopa o insolito no cotidian, facendo un inventario deses detalles que ao resto dos mortais lle dura so dez segundos na memoria, quizais porque os seus antepasados foron peixes e algo deso queda. Gostei deste recorrido urban e agardo novas entregas brindando coa cervexa fresquiña que un dia hemos mandarlle falando deste aluvion de pequenos sucesos...

    ResponderEliminar