martes, 5 de noviembre de 2013

I

Cuando alguien me pregunta por mi historial académico me muestro orgulloso, a la suficiente distancia de la vanidad para que mi interlocutor no necesite ser demasiado sensitivo para poder defender las ventajas de ambos rumbos, el suyo y el mío, como si se mezclase golosamente lo dulce con lo salado.
Porque podría hablarle de un recorrido impecable, digamos que perfecto, que cercené súbitamente para levantar la vista y agrandar mi pecho, abrazando esa nueva situación como el que recibe a los primeros rayos del Sol de Marzo.
Hablaría entonces durante tres, cuatro o cinco citas más como máximo, seis, quizá, siempre al abrigo de la cerveza, de la noche, o de ambas, intercalando amplios espacios de empatía (simulada o no) para que pasase mi oyente a ser pareja, siendo aplicado, de esa manera, un filtro infalible como un sistema, tan enrevesado como inmediato, que pretende eliminar la misericordia mal entendida. Pero, como persona que aborrece la debilidad de los grises, mis incursiones en el sexo opuesto se limitan, salvo las excepciones que luego cuentas a mamá, a un par de noches en alguna cantina remota, -ésa es la única condición. Sin gravedad, a ser posible-, que terminan por trazar, como uñas que rasgan la seda, la línea inmutable que separa aborrecerme de enamorarse de mí. Y es por ese ahorro de energía, de igual modo que hace la Naturaleza construyendo melosos hexágonos con las abejas, por lo cual mis disertaciones acerca de mi vida escolar se resumen en dos o tres sentencias que son suficientes para que se combinen, como fluidos de similar densidad, con otros tres o cuatro apuntes que repito como un mantra, (pensamiento único, música, exclusividad, sexo), de tal manera que la persona que recibe la información, independientemente del orden de llegada, consigue hacerse una idea ciertamente ajustada a la realidad, aunque con la mirada benévola que desea para sí cualquiera que no sea imbécil. El objetivo de esto es doble: en primer lugar, evitar en la medida de lo posible la incomprensión que provocan nuestros insondables cerebros, al descodificar la información que reciben en base a numerosos factores, todos ellos subjetivos, que causan sin remedio que no existan dos visiones exactamente iguales de la misma realidad, y, como propósito secundario, impedir que la persona que me escuche crea que trato de impresionarla y, sobre todo, que es ésa mi única finalidad.

2 comentarios:

  1. Semella dificil reconstruir unha reflexion foma esta despois de que os diaños da informatica borraran a primeira escrita, mais eu fixen duas lecturas e as duas me revelaron cousas diferentes, mais gostei das duas... Nesta bitacora sopran ventos que axudan a navegar contra corrente.

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