martes, 12 de noviembre de 2013

II

Le digo a Andrea que nos vemos en "La Ballena Alegre", como respuesta a un proceso rutinario que no requiere de mucha reflexión y que ejecuto cada vez que alguna chica (normalmente veinteañera, aunque también haya excepciones como Susana), susurra un "no sé, elige tú" con voz de doblaje al otro lado del teléfono, endilgándome a mí el bastón de mando.

No es una buena manera de empezar. 

Mientras me pruebo trece camisetas, una detrás de otra, pienso como si fuese la primera vez en lo ridículo de que la gente busque en sus vidas a los protagonistas de sus películas favoritas y que, al mismo tiempo, las voces de doblaje sean así de impostadas. También en las chicas que buscan hombres extraordinarios cuando ellas son todas iguales. El reflejo en el espejo sonríe, dándome la razón, y se abotona con torpeza la camisa de color verde oscuro que finalmente ha escogido, me vuelve a mirar rodeado de motitas blancas y ambos agitamos la cabeza con desdén.
No es una buena manera de empezar, repito en voz baja. Y sacudo los dedos para desentumecerlos, un tanto avergonzado al recordar que la noche anterior teoricé, entre bostezos, sobre la persistente presencia a mi alrededor de algún sistema ultramoderno de vigilancia que, sin remedio, acababa de registrarme mostrando una lastimosa adaptación al medio.

Supongo que todos somos los protagonistas de nuestras propias películas, aunque nuestras voces sean ciertamente irregulares.

Y aprovecho para saludar a Dios, mientras me pongo el abrigo tres cuartos gris.
En el umbral de la puerta de salida, dudo durante unos segundos si volver atrás al visualizar mentalmente en el suelo de la habitación de tarima marrón claro, casi blanco, muy difícil de limpiar, la montaña de camisetas que previamente he descartado. Perezoso, regreso sobre mis pasos (en principio porque tengo tiempo de sobra, aunque seguramente haya otros motivos ocultos), pero antes de llegar deseo con todas mis fuerzas -que todavía no son muchas- enamorarme de Andrea, de tal manera que, inconscientemente, acabo llamando a cada camiseta por el nombre de una ex novia a medida que, arrodillado, las levanto del suelo y las lanzo grácilmente a la cama. A saber: Patri (al principio, pero es que la invité a salir sin habernos visto nunca antes), Estefanía, Gloria (las dos), las pecas de aquella chica pelirroja que vivía en Madrid, María, María otra vez, las vecinas de escalera (hermanas, muy parecidas) que tenía cuando vivía con mi madre, Mónica (de la que todo el mundo piensa que me duele hablar, pero no), Sofía e incluso María, que se intentó suicidar cuando la dejé, pero que al año siguiente, y durante una noche, era claramente la solución a todos mis problemas.
Trato de recordar de quién me he olvidado, me sacudo las rodillas con las manos y salgo de casa, siguiendo los pasos del hombre del espejo.

1 comentario:

  1. Trece camisetas, trece nombres... no es una buena manera de empezar... tratando de olvidar se avalanchan los recuerdos, un buen ejercicio antes de seguir los pasos del hombre del espejo.

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