jueves, 2 de enero de 2014

Analogía.

Los días en el calendario se parecen a las nubes que flotan en el cielo. En ocasiones se deslizan tan rápido en la atmósfera que piensas que se autopropulsan y otras veces -las que más- ves con claridad cómo es el viento el que las hace avanzar de un modo más sosegado. Existen días en cambio en que ni las briznas de hierba se inclinan a tu paso e interpretas que el cansino deambular de los cúmulos es únicamente un efecto óptico provocado por el movimiento de rotación del planeta. Esos días acostumbran a ser festivos y yo suelo correr sobre ellos porque pienso que son los más propicios para que te alcance todo aquello que has dejado atrás. Alguien te dirá que, si permaneces inmóvil durante el tiempo necesario, el lunes se convertirá irremediablemente en martes. Puedes contestarle sin llevar muy lejos la conversación que, cuando decides vivir un día, puedes sentir cómo lo estás recorriendo e incluso sentir que el lunes ya es martes, que el viernes ya es sábado, sin necesidad de mirar al cielo. Porque no hay nada más pequeño que lo que sólo se puede ver.

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