jueves, 30 de octubre de 2014

Sofía

Era un verano fácil, de manual. Una mañana abrí la puerta y era el cartero con malas noticias. Alguien se había equivocado con la fecha del pago de una factura y me iba a ver obligado a hacer un desembolso importante si no quería que la deuda se hiciese cada vez más grande. Creo que existía incluso un castigo peor. Tenía un dinero ahorrado para que Sofía y yo nos fuésemos de vacaciones, cinco días, quizá una semana, a algún lugar donde poder descansar y disfrutar de la Naturaleza. A ella le gustaban esas cosas y a mí me gustaba estar con ella cuando se sentía libre. Era definitivamente otra mujer. Pero tuve que destinar gran parte de ese dinero a pagar la factura pendiente y nuestro viaje fue mucho más humilde, de tal manera que ni siquiera se lo propuse como si fuésemos a hacer algo especial. Lo dejé caer y nos fuimos. Tampoco quise mencionar el asunto de la deuda. Todo aquello me irritó y todavía estaba resentido cuando llegamos a nuestro destino: una ciudad costera poco turística en la que ambos habíamos estado mil veces, tanto juntos como separados. Dejamos las mochilas en la habitación de un hostal que estaba muy lejos de las expectativas y recorrimos los primeros metros de una calle que, al menos, no estaba muy alejada de las zonas más atractivas de la ciudad. Había muchos bares, un museo y un par de iglesias. También una librería de viejo donde buscar tesoros. De repente, pasamos por delante de una administración de lotería y algo me empujó a entrar. Pedí una quiniela y marqué los resultados de un modo automático, mientras Sofía esperaba fuera fumando un cigarrillo. Se la entregué a la dependienta.
-Perdone, debe marcar otra casilla para completar la apuesta- dijo la mujer al otro lado.
-Hágame el favor de marcarla usted- contesté yo. Y miré hacia atrás para comprobar que Sofía seguía fumando fuera y que, lamentablemente, estaba más pendiente de una moto, una bicicleta, un caballo o lo que fuese que acababa de desaparecer de mi rango de visión.
Una vez que entendí por qué acababa de rellenar mi primera quiniela en diez años, le dije a Sofía que me iba a tocar. No quise explicarle que, por culpa de un error, un gravísimo error ajeno, no estábamos chapoteando alegremente en alguna cala solitaria a siete u ocho horas de viaje. Que alguien, el Universo, Dios, quién fuese, estaba en deuda conmigo. Ella tampoco preguntó. Nos sentamos en una terraza cercana y pedimos dos cervezas, y yo aproveché que se fue al baño para llamar a mi madre y contarle la misma historia, poseído por un entusiasmo que me manipuló a su antojo, sacando lo mejor de mí durante los días que pasamos allí.
Tres días después cobré el dinero. Allí mismo, la mañana que nos fuimos. Me despertó la lluvia, cuando algún arreón de viento empujó una ráfaga contra el cristal de la ventana, y ya no pude volver a dormir. Mi madre siempre me decía que pensase cosas agradables, cuando no conseguía quedarme dormido. Ya en mi adolescencia entendí que se refería a sueños, lo suficientemente cercanos como para poder fantasear con hacerlos realidad. Entonces yo solía imaginar que era el delantero del equipo de mi ciudad y que conseguía llevarlos a la gloria. Después llegaban ofertas, del Bayern, Milan, Real Madrid, pero yo siempre las rechazaba, aunque normalmente me dormía antes de llegar a ese momento. ¿Y si Sofía fuese el Bayern de Munich?, pensé en algún momento esa madrugada. Y permanecí al menos dos horas estrechándola entre mis brazos, absorbiendo su calor y discurriendo qué equipo de fútbol sería más apropiado para ella. Y fue el Ajax de Amsterdam, hasta que sufrió uno de esos espasmos que comprueban que no estás muerto.

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