miércoles, 19 de noviembre de 2014

Bolaño

Trato de recapitular qué sucedió anoche. Poco después de medianoche estaba tumbado en mi cama leyendo un cuento de Bolaño. Se trataba de una triste historia sobre el hijo de una actriz porno. Recuerdo que leyendo una de las últimas páginas abrí mucho los ojos y sé que a Bolaño dediqué lo que originariamente eran mis últimos pensamientos del día. Poco después di una vuelta sobre mí mismo y, como en una pelea entre hermanos, clavé el codo en la única zona desnuda del colchón. A partir de ahí, todo empezó a volverse desesperado. La persiana crujió. Los libros y las sábanas se cruzaron miradas cómplices y la camisa en la percha le guiñó un ojo a la puerta. Sumido en la paranoia me hice un ovillo y susurré "mamá" sumergido en líquido amniótico. Pensé en mi madre. Llevé entonces ambas manos a mi cabeza e impedí así que mi identidad viajase en el tiempo. Impedí que trascendiese, como anhelaba en la época escolar cuando respondía a la típica pregunta sobre qué quería ser de mayor. Yo quería ser astronauta, aunque extraoficialmente deseaba ser idiota. Entonces visualicé el espacio y me vi a mí mismo en una navecita del tamaño de medio tren. Y a mi madre yendo a trabajar en autobús, sumando mentalmente los céntimos que contaba con las manos frías dentro de los bolsillos del abrigo. Disimulando, mucho antes de que conociésemos su alergia al níquel. Posiblemente Febrero. Febrero de 1997. Me concentré en mi madre, con mucho más brío, y entonces logré pensar sólo en ella. Y ante mí flotó su efigie, casi a tamaño natural, de tal modo que no pude imaginarme dentro de ella nunca más. Evité el congelamiento agarrándome a tu vientre. Tú, en el umbral del sueño, me pediste que te contase una historia, como un faraón moribundo que escoge qué llevarse al otro lado. Y yo construí la casa, coloqué los muebles y pinté las paredes, con la misma pintura que utilicé para escribir nuestros nombres en un buzón blanco al final del camino.

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