jueves, 30 de julio de 2015

La Casa del Libro

Hoy durante la siesta soñé que me encontraba en La Casa del Libro. Eran alrededor de las ocho y media y pronto tendría que irme a trabajar pero, ante el primer intento de abandonar el lugar, recordé el verdadero propósito de mi visita a la librería: presentarme a una entrevista de trabajo. Entonces dudé y pensé en La Fábrica, y en el Clandestino, y en todas esas tareas misteriosas de las que me ocupo entre semana pero, qué diablos, yo siempre he querido trabajar en La Casa del Libro. Porque la gente que trabaja allí tiene algo: una energía especial, muy parecida a la que yo entiendo que solucionaría, no sólo mi vida, sino también todas las vidas posteriores a ésta. El caso es que la entrevista fue sencilla, a pesar de que en todo momento tenía presente mi descuidado aspecto: barba poblada que crecía enroscándose sobre sí misma y melena lacia que me obligaba a menudo a apartarla de mi rostro para poder continuar enumerando mis habilidades ante la entrevistadora. Sin olvidar que mis ojos nunca están del todo abiertos. Lo último que recordé al despertarme fue que me habían seleccionado para una prueba final, junto a otros individuos que de ningún modo merecían la iluminación.
Ya en la vigilia, y después de una ducha rotunda, un pie siguió a otro y volví al lugar de los hechos. Una vez allí, subí a la segunda planta dando la espalda a los libros más vendidos y, después de localizarlo fácilmente, sostuve muy estirado un libro de Osho con ambas manos, aparentando que leía su contraportada como el que lee los ingredientes del bote de mayonesa. Permanecí inmóvil junto a las estanterías de libros religiosos, dejando que nos rodease (a mí y a Jesús, a Buda, a Alá y a Krishna) una especie de bruma que me obligó a mirar a izquierda y derecha varias veces, para comprobar que esa librería que protagonizaba mis sueños no se estaba generando a medida que yo fijaba la vista en ella. La sensación de irrealidad era tan desconcertante que hasta que llegué a la caja registradora no tuve claro con qué moneda debía pagar. Le lancé la mitad del cambio a una chica que, al doblar la esquina, interpretaba con una guitarra el Hurt de Nine Inch Nails. Me senté en el suelo e, ignorando sus agradecimientos, la apuré a que siguiese tocando. Cuando terminó le di el resto del cambio y ella la volvió a tocar.

jueves, 23 de julio de 2015

Todo

Ayer le conté a una chica todo lo que pienso acerca de la vida. TODO. Me quedé a gusto. Después nos sentamos en la arena de la playa y yo separé las piernas, relajado, como si la brisa marina fuese a practicarme una felación. Era de noche desde hacía un par de horas. Miré hacia arriba en un escorzo que estiró mis cervicales. Había más estrellas que nunca, y la única constelación que conozco (el carro, o como se llame), estaba situada exactamente en el centro de nuestro campo de visión. La rodeaban decenas de estrellas, formando figuras más o menos claras, pero aun así el carro era la más grande y brillante de todas, como si ese pedazo de cielo que ondulaba sobre nuestras cabezas lo hubiese dibujado yo utilizando mis escasos conocimientos sobre el mapa astral. Hubo, no sé, cinco o diez segundos de paz. Un breve lapso de tiempo en el que sucedieron miles de cosas muy importantes: se reorganizaron ejércitos, alguien marcó el gol de la victoria en el descuento, partió hacia su destino un carrito lleno de almas, una pareja se besó por primera vez, alguien mató a alguien y alguien que no sabía lo que estaba haciendo sentó las bases de los viajes interestelares. Me dejó en casa a eso de la una. Le dije "yo vivo aquí" señalando con el dedo índice el sexto piso de mi edificio. No sé. Quizá acerté en el quinto, o en el ático. Daba igual.

miércoles, 17 de junio de 2015

Incendio

Sólo aprecio tu recuerdo a medianoche
cuando el día ha terminado
y no me siento obligado a sonreir
ni a sonreirte
pues te presentas temprano
mientras busco a tientas el interruptor de la luz
me deslizo entre los pantalones
o caliento agua para el té
y pasas el día conmigo
ignorando que hace un mes decidiese matarte
asumiendo que debo seguir con mi vida
y que, cuando nadie mira,
te grite que te vayas
como un cadáver río abajo
Pero en cambio, a medianoche
pienso, agotado
que ha merecido la pena llegar hasta aquí
y sobre mi cama
te sostengo con las manos a la altura de mi pecho
como una frágil muñeca
dejando que firmes rayos de Luna
te convenzan con sus piruetas
de que están
y estarán siempre
de mi parte
con la esperanza de que entremos juntos
de un salto acompasado
en el universo libre e ilimitado de los soñadores
Y es cuando Dios cree que todas las palabras
ya han sido pronunciadas
cuando tú,
viva y muerta al mismo tiempo,
prestas oídos a mi plegaria
que se aviva y te espolea
y entonces,
juntos,
ardemos como la madera vieja
de un modo que hace increíble
que tu cuerpo físico,
ajeno, necio,
y muy posiblemente poseído por otros,
no presente ningún indicio de la encendida fiebre
que nos consume

lunes, 25 de mayo de 2015

Lagartos

Hay una chica que es totalmente mi tipo de mujer. Una o dos veces al mes la veo en alguno de mis bares y entonces es como si hubiesen traído La Primavera de Botticelli al museo de mi barrio. La saludo con una sonrisa tímida y ella me habla, sin mover los labios. Me habla como te hablan las estatuas. Y yo, que podría mirarla durante horas, siempre acabo buscando algo que hacer para no convertirme en sospechoso. 
Tengo un espacio reservado para su recuerdo, cuando acabe yéndose a vivir fuera como hacen todas, conscientes de que permanecer en Vigo acabaría por afear sus andares. Se alojará junto al Velociraptor.
Los primeros meses serán confusos: entre el lunes y el martes agotaré mis fuentes de inspiración. El miércoles lloraré. El jueves fantasearé con clonarla, en un futuro y con cierta ayuda. El viernes me beberé el río. El sábado mis amigos organizarán un brunch, celebrando que la semana no es más que dar un paso. Que la vida es caminar. Y el domingo juraré haberla visto, a lomos de un Diplodocus. Es increíble que hayan existido lagartos tan grandes, es ciencia ficción.

martes, 17 de marzo de 2015

Eje

Hace un par de noches,
mientras ordenaba mis pensamientos tumbado en la cama
sin más intención que la de acelerar la llegada
del sueño reparador,
pude notar que el eje de mi cuerpo se había desplazado,
que mis tobillos empujaban con fuerza el colchón hacia abajo
y que mi cabeza,
tan pesada y compacta durante el día,
flotaba entonces liviana sobre la almohada
Visité a mi madre al día siguiente como cualquier otro sábado.
Mi cuerpo estaba arqueado,
la comida estaba sosa,
el vino no estaba lo suficientemente frío,
la conversación se atascaba como la respiración de un anciano.
Marcaba el reloj las cuatro cuando Hans,
su segundo marido,
salió por la puerta siguiendo a su nariz roja
y entonces volvimos a ser mamá y yo.
Ocupamos el sofá a la lumbre del viejo televisor.
Ella se estiró con suficiencia y cruzó las manos sobre su pecho
como si viviese en la cima de una montaña.
Me aconsejó que fuese al médico y no tardó mucho en quedarse dormida,
rumiando todavía algunas letras.
Soñó con un intrincado sistema de poleas
que me mantenían con vida.
Con mi cuerpo torcido sobre un tablón y decenas de científicos tomando notas.
Una pensión vitalicia
y extraordinaria
nos permitía dedicarnos exclusivamente a ejercer de madre e hijo.
Hans había perdido el rumbo por completo y llamaba de cuando en cuando con la voz rota.
Cuando se despertó yo ya me había ido.
Sola y avergonzada,
durante los primeros minutos deseó estar muerta.

lunes, 16 de marzo de 2015

Bea

Quise conocer a Bea dos veces, aunque la segunda ya era demasiado tarde. Entonces mi cuerpo y mi espíritu habían mutado y el espejo me devolvía una silueta asimétrica cuya mirada encendida contaminaba de inquina el ambiente. Mis convicciones se habían consolidado y me mostraba desafiante ante mis semejantes como un coche que se planta en mitad de un paso de cebra después de un brusco frenazo. Altivo, podía ignorar los gestos de desaprobación: hombres grandullones agitando amenazantes el puño cerrado, señoras plegando sus arrugas en un gesto repugnante, los llantos de los niños desde sus carritos. Aun así la abordé consciente de que no habría una tercera ocasión.

Quise sorprenderla y la aguardé casi una hora en el desangelado parquecito que languidecía bajo la ventana de su despacho, recorriéndolo en círculos una y otra vez como lo haría un tren de juguete sobre su vía, igualmente despojado de toda voluntad. Evoqué nuestro primer encuentro mientras esperaba, inquieto, que Bea terminase su jornada en el gabinete de psicología. Entonces se levantó una brisa que venía del Norte y que pareció empujar a los recuerdos, uno a uno, a través de mis fosas nasales hasta el cerebro. Me estremecí y recordé: es pleno agosto y un golpe de calor me tira al suelo de baldosa blanca de la pequeña sala de espera. Cuando recobro la consciencia Bea me mira, enarbolando una sonrisa que retuerce el resto de sus facciones como si todo su cuerpo estuviese al servicio de aquel gesto luminoso, de la curvatura de sus labios finos y de los haces de luz que horadan con decisión el exiguo espacio entre sus dientes. Relumbrantes estiletes que impactan directamente en mí, iluminándome, y que no pueden provenir de un foco que no sea su propia alma.

Ya se habían encendido las farolas de la calle cuando, como el que ha finiquitado un cometido primordial y dispone de un rato de ocio, me despisté de Bea y dediqué a mi padre fallecido los que serían en principio mis últimos pensamientos en soledad. Él había vivido exactamente cincuenta años. Cincuenta era un número redondo, ilustre. No tenía dudas de que la muerte de mi padre era tan casual como que un rayo hiciese añicos la Estatua de la Libertad impactando justamente en su ombligo. Le contaría esto a Bea y la luz de mis palabras, vista desde más allá de la atmósfera, reflejaría un tramo de espesa vegetación que justificaría nuestro viaje. Una flora extraña, aunque agotable, acompañaría durante un período de tiempo caduco a la pareja esperanzada, a ambos lados de esa carretera secundaria que era nuestro futuro común. Bea salió al fin y yo la saludé arqueando las cejas. Seguí orbitando ligero bajo su despacho mientras perdía de vista el balanceo rotundo de sus estrechas caderas. No podía parar. Ella tardaría quince minutos en llegar a su casa. Cenaría, besaría a su madre y se echaría a dormir. Yo seguí dando vueltas, cada vez más rápido. Y cerca de la medianoche me prometí a mí mismo que llegaría a alcanzar la velocidad de la luz.

jueves, 26 de febrero de 2015

Pelirroja de verdad

Anoche soñé que me encontraba tumbado en una cama extraña, prestada, y que a mi lado estaba una chica pelirroja, pelirroja de verdad, que no era la dueña de la cama y que hacía planes para un futuro cercano con su cabeza apoyada en la palma de la mano, fijando en mí su mirada flotante sin más discrepancia que la existente entre su codo y el colchón.

-En Agosto -decía-, podríamos irnos de camping.

Y a mí no me preocupaba no tener tienda de campaña, ni ropa adecuada, ni verdaderos deseos de ponerme en manos de la Naturaleza. Confiaba en que, después de tantos años respetando su distancia de seguridad, el pacto silencioso que cualquier mente hábil habría entendido y aceptado y, del mismo modo que es más importante rodearse de gente afortunada que de gente fuerte, ¿quién no me escogería a mí como compañía para un destino tan comprometido como es perderse en un bosque?. Adopté entonces una actitud de mando y la apreté contra mi pecho, ofreciéndole un trozo de mi propia almohada. No volvimos a hablar durante el resto del sueño. Nos mantuvimos así, pegados, mientras nuestros latidos se perseguían a saltos como pulgas que juegan. Me desperté abrazándola a ella, chica pelirroja, y a la rutina que acarreaba. Ligero, como un tren sobre unas vías.

jueves, 5 de febrero de 2015

China

Anoche soñé que me desplazaba montado en un taburete con ruedas. Que llegaba a una enorme plaza después de un vertiginoso descenso sobre el empedrado de la Calle Real (donde no me escalabré de milagro) y que allí me encontraba con Marta, que una vez fue la chica de mis sueños, sentada en una mesita. A su lado había una chica que se parecía a Lucía (morena, pelo corto con flequillo a la moda, pechos generosos) y que hablaba por los codos. Aparqué mi taburete junto a ellas e iniciamos una conversación que Marta recibió complacida y Lucía, que en realidad se llamaba Begoña (un nombre cuyo origen siempre me ha resultado muy difícil de explicar), con una pizca de golfería. Marta sonreía sin parar, como si fuese la única persona en esa gigantesca plaza (que de existir realmente en ese emplazamiento, ya estaría echada a perder) que detentase una consciencia plena de lo que allí estaba pasando y se limitase entonces a disfrutar del sueño, sumida en una especie de trance, y de los giros de guión que pulsaban su mente mientras su cuerpo se limitaba a descansar como un coche en un garage. Había, en cambio, cierta conexión entre Begoña y yo. Pero no me malinterpretéis: un juicio inicial después de un fugaz análisis de su amplia gestualidad y de lanzarnos dos o tres frases había revelado que se trataba, sin lugar a dudas, de otra chica perfecta para Pedro. Y Pedro es mi antítesis. A mí me gustan las personas moderadas, con consistentes paredes craneales como puertas de madera maciza, o incluso de acero que, más por desesperanza que por timidez, sólo abren en contadas ocasiones. Mi chica perfecta, de hecho, sería aquélla que pudiese resistir flemática todos mis intentos por conocer su interior: las caricias, las cosquillas, los puñetazos y los torpedos. Ella me volvería loco y se convertiría sin remedio en mi musa.
Begoña y yo continuábamos hablando, más ella que yo. Marta, que estaba pero no estaba, escuchaba en ocasiones, jugando con su cabeza como el que tira de una cuerda para atraer un globo hacia sí. Cada vez que sentía que el sueño iba a llegar a su fin, una ocurrencia de Begoña me tiraba de la lengua y volvían a pasar quince, veinte minutos (ya sabéis cómo son los sueños) hasta el siguiente momento de aparente calma que, dada la naturaleza onírica de la historia, era una señal inevitable de que nuestro viaje iba a terminarse. En la vigilia interpreto que quizá a ella le sucediese lo mismo con mis ingenios y puedo garantizaros que Marta, que seguramente lleve a pie más de cinco horas, no recuerda nada.
Entonces hubo un bullicio, quizá un ruido de la calle que se colaba en el sueño, y Begoña esperó a que desapareciese, como un enjambre de abejas que se aleja, para continuar con su historia.
-Mi verdadera afición son las carreras de chinos cargando con carritos-taxi -Dijo.
Marta regresó a la conversación rompiendo a reir. Nos hizo ver, de un modo sorprendente, que nos había estado prestando atención casi todo el rato y que, por otra parte, desconocía que los carritos-taxi de los chinos todavía se siguiesen utilizando. Y de nuevo éramos tres y yo dije que a buen seguro los campeones de ese tipo de carrera eran ex-atletas, no lo suficientemente rápidos como para destacar en atletismo convencional o, quién sabe, habitantes de alguna región donde las carreras normales carecían por completo de relevancia. Entonces ellas rieron y yo las seguí sin cuestionarme mucho a mí mismo y permanecimos así un buen rato (ya sabéis cómo son los sueños) hasta que regresaron las abejas.

sábado, 31 de enero de 2015

Carrefour

Si algo tienen los prolongados períodos de soltería es que siempre corres el riesgo de echar de menos. Está bien, es decir, es lo justo y es hasta recomendable mientras no saques el asunto de quicio. El caso es que hoy regresé a mi antiguo barrio y cuando me acercaba al Carrefour volví a sentir el viento en la cara que nos toqueteaba a ti y a mí alguno de estos veranos pasados. Sí, se trataba del mismo aire, y entonces nos pude ver regresando a mi casa (a unos ciento cuenta metros) sin darnos la mano. Yo caminando muy estirado, sacudiendo las piernas en ocasiones, y tú aprovechando cualquier oportunidad para sonreír, jugando sucio, como la que enseña escote. Ya en el ascensor, chocar nuestros labios como si el espejo fuese en realidad una cámara. Follar -bien- por compromiso y bajar a la Tierra hasta que por fin te dormías. Mirar de reojo, de madrugada, cómo los objetos se modifican suponiéndonos dormidos, de tal modo que al día siguiente serán un poco menos míos y un poco más tuyos, como el sabor en mi boca o el olor de las paredes.

miércoles, 14 de enero de 2015

Egipto

Hace unos meses conocí a una chica que me despojó de mi identidad de tal modo que hasta mi piel seca, inquebrantable hasta entonces, se volvió barro y todo mi ego, mi único bien singular e inimitable, las arrugas de los ojos bajo el arquear de cejas, el acento neutro al hablar, la caída de hombros, la sonrisa tímida pero elocuente como un cielo que se abre, el metro y setenta centímetros de misterios aparentes, el exiguo pero agudo hilo de voz, es decir, todas mis riquezas, pasaron a su disposición y, después del previsible rechazo, fui abandonado a mi suerte y puesto en manos, no del egregio universo, sino de la simple vida mortal, como alimento en una boca sin dientes.
No nace esta confesión, en contra de lo que pueda parecer, de la serenidad de aquel que, en pie de nuevo tras la pelea, victorioso o derrotado, posee la lucidez suficiente para hacer balance, sino que narro estos hechos desde el desconsuelo que me provoca la certeza de que su marcha, irreversible, se mantendrá latente en mí hasta el final de los días, aguardando como una leve pero constante molestia cuya naturaleza será ignorada por los médicos para emerger, en cada momento de bienestar, con el único propósito de enseñarme una lección que un cerebro enfermo como el mío siempre entenderá al revés.
No, ella no es poesía, porque si lo fuese todo sería más sensato. Tampoco es el Egipto de hace cinco mil años, cuyos enigmas se mantienen, quizá ya un poco resignados, a la espera de que el hombre adecuado consiga encajar las piezas y entonces ambos, Egipto y su amante, se cierren sobre sí mismos, como un caballero airado que vuelve sobre sus pasos, dando vida a un solo ser.
Ella, cuyo simple nombre nunca dejará de sobresaltarme como si el resto de las mujeres así bautizadas sólo fuesen sus hermanas, no desea, a diferencia de las crónicas parciales que se disfrazan en los volúmenes que revisten mis paredes y cuyo propósito no es más que alcanzar, tras la exacta sucesión de banquetes y digestiones, una traducción perfecta del lenguaje de los Dioses al habla terrenal, ser el centro de mis investigaciones.
Lo primero que hice cuando todo esto estuvo claro fue localizar el libro que una vez me regaló, que todavía no había empezado a leer, y sostenerlo con ambas manos mientras miraba su cubierta durante uno o dos minutos a modo de despedida. Era un buen libro y la portada no le hacía justicia, pero eso ya daba igual. Después, y de una forma que días antes todavía me hubiese parecido indigna, lo coloqué en el primer hueco que advertí en la estantería, deseando que no se demorase en adquirir el olor ácido que a buen seguro desprendía alguno de los libros adyacentes. Lo más importante es leer. Yo no podría pasar un año sin leer nada. Uno empieza comprando libros, o robándolos, y termina leyéndolos; pero en mi caso ya es una obsesión. Compro libros y a veces ni siquiera los leo, sólo los acaricio. Tengo muchos libros y algunos no los he leído y sé que no los voy a leer jamás, pero de cuando en cuando los hojeo pues me gusta tenerlos cerca.

lunes, 12 de enero de 2015

Farmacia

Hoy la farmacéutica me intentó vender algo llamado "Agua del Mar" en lugar del clásico Utabon que yo demandaba, que son unas gotas descongestionantes que, aunque quizá puedan llegar a ser perjudiciales para la salud si superas las dosis diarias recomendadas, a mí me van bastante bien. El nombre del producto fue el único argumento que esgrimió la cincuentona para intentar endosarme sus gotas mágicas. "Agua del Mar", repetía con aparente desinterés, convencida, o intentando convencerme, de que me ofrecía la solución definitiva a mis males a cambio de unas simples monedas. Y no cualquier solución, sino el remedio ancestral que ha conseguido, de milagro, llegar hasta nuestros días gracias al esfuerzo desinteresado de generaciones de seres sibilinos que se oponen en la sombra a la absoluta ruptura entre el hombre y la naturaleza. Visto así era todo un regalo. ¿Por qué iba yo, un chico inquieto de ojos brillantes al que ya había atendido en alguna otra ocasión y que había demostrado a buen seguro una especial pericia para leer entre líneas, para visitar, aunque fuese fugazmente, ese espacio que hay debajo de las conversaciones y en el que se dice siempre la verdad, a rechazar su desinteresada ayuda?.
La farmacéutica esperó a que yo terminase de leer el lateral de la cajita de las gotas, donde figuraba su composición en un idioma técnico que me sonaba de oídas. Tras leerlo todo con dificultad giré la caja de cartón con una mano y reparé en la cara frontal, donde un mar muy azul mordisqueaba una cala debajo de unas letras blancas que decían "100% agua del mar". Entonces se abrió una puerta detrás de la señora y apareció en la escena una farmacéutica más joven, aunque todavía mayor que yo, con graciosas mejillas coloradas y un cabello muy negro peinado como las chicas francesas. Me sonrío tímida como si comprendiese que era mi tipo y yo, que albergaba muchas más dudas después de haber leído la caja del agua del mar y que necesitaba respuestas, le pregunté sin pensarlo si no sería posible que yo mismo me dirigiese a la playa más cercana y recogiese dos o tres botes de cristal de agua marina y que quizá ella, por qué no, podría compañarme si lo deseaba (es posible que la efectividad del tratamiento dependiese de la manera de almacenar el agua y entonces necesitaría su ayuda). Quise aclarar, sin dejarla responder, que obviamente les pagaría a ambas por su trabajo aunque éste se quedase en la simple revelación del secreto, pues jamás se me habría ocurrido a mí que el agua del mar pudiese servir para tales menesteres.
La bruja y su hija callaron y, durante un instante que posteriormente identificaría como un pliegue temporal, me imaginé cabalgando a la chica de mejillas coloradas mientras su madre, hierática, vigilaba nuestros movimientos como si la más mínima alteración fuese susceptible de tirar abajo el plan. Fue el tintineo de la campanilla sobre la puerta al abrirse y la entrada de un nuevo cliente la que me obligó de inmediato a abandonar la farmacia, que nunca había dejado ni dejaría de ser eso: una farmacia, y ya en la calle introduje mis manos vacías en los bolsillos del abrigo, donde mis dedos tropezaron con algunas migas que identifiqué como las mismas que, como el aderezo de un pastel, habían impedido sobre mi cama el sueño reparador la noche anterior.

miércoles, 7 de enero de 2015

Drama

Esta mañana pensé que quizá podría haberme seccionado un pie a la altura del tobillo durante alguna de mis orgías autodestructivas y que, una vez recuperada la consciencia, encontraría algún remedio medianamente efectivo en internet que me permitiese seguir llevando una vida soportable sin recurrir a los cuidados médicos. Pensé todo esto con la sábana bajera a los pies de la cama y una almohada sobre otra, formando un puzzle a la fuerza detrás de mi nuca. Podría haber perdido un pie y continuar viviendo como si nada. Cinco años al menos. O diez. Y no me costaría disimularlo, a pesar de que mis propios secretos a buen seguro cuchichearían entre ellos, degradados al nivel de un mero error de juventud. Mi madre no lo sospecharía, pues mis incursiones en su vida son representaciones planeadas a la perfección del hijo autosuficiente por el que no te tienes que preocupar. Como mi madre no es tonta y mi lenguaje gestual no se corresponde con el de un hijo feliz, se genera un contraste verosímil: ella cree que no estoy mal. Mi rostro tampoco es el de una persona incompleta. Es paradójico que estas Navidades mamá me haya regalado unos zapatos preciosos. Los encontró hace unos meses en una página de ofertas y a mí me gustaron y le pedí que los encargase, pues soy de esas personas que prefiere almacenar todo el dinero en su casa, repartido entre las páginas de mis libros favoritos. En cuanto recibió el paquete me presenté en su domicilio. A todos nos pareció que los zapatos me sentaban bien y yo hice un chiste sobre encontrar, por qué no, también mujeres a medida por internet. En la despedida, mi madre rechazó con un gesto firme el dinero que le correspondía por el negocio. Me dijo que esta vez lo haríamos así, porque nunca acierta con mis regalos, y que sería mi regalo de Navidad. Supe que para ella suponía un enorme esfuerzo y tuve que contener las lágrimas, de modo que decidí bajar los siete pisos por las escaleras para poder desahogarme a gusto.