sábado, 31 de enero de 2015

Carrefour

Si algo tienen los prolongados períodos de soltería es que siempre corres el riesgo de echar de menos. Está bien, es decir, es lo justo y es hasta recomendable mientras no saques el asunto de quicio. El caso es que hoy regresé a mi antiguo barrio y cuando me acercaba al Carrefour volví a sentir el viento en la cara que nos toqueteaba a ti y a mí alguno de estos veranos pasados. Sí, se trataba del mismo aire, y entonces nos pude ver regresando a mi casa (a unos ciento cuenta metros) sin darnos la mano. Yo caminando muy estirado, sacudiendo las piernas en ocasiones, y tú aprovechando cualquier oportunidad para sonreír, jugando sucio, como la que enseña escote. Ya en el ascensor, chocar nuestros labios como si el espejo fuese en realidad una cámara. Follar -bien- por compromiso y bajar a la Tierra hasta que por fin te dormías. Mirar de reojo, de madrugada, cómo los objetos se modifican suponiéndonos dormidos, de tal modo que al día siguiente serán un poco menos míos y un poco más tuyos, como el sabor en mi boca o el olor de las paredes.

miércoles, 14 de enero de 2015

Egipto

Hace unos meses conocí a una chica que me despojó de mi identidad de tal modo que hasta mi piel seca, inquebrantable hasta entonces, se volvió barro y todo mi ego, mi único bien singular e inimitable, las arrugas de los ojos bajo el arquear de cejas, el acento neutro al hablar, la caída de hombros, la sonrisa tímida pero elocuente como un cielo que se abre, el metro y setenta centímetros de misterios aparentes, el exiguo pero agudo hilo de voz, es decir, todas mis riquezas, pasaron a su disposición y, después del previsible rechazo, fui abandonado a mi suerte y puesto en manos, no del egregio universo, sino de la simple vida mortal, como alimento en una boca sin dientes.
No nace esta confesión, en contra de lo que pueda parecer, de la serenidad de aquel que, en pie de nuevo tras la pelea, victorioso o derrotado, posee la lucidez suficiente para hacer balance, sino que narro estos hechos desde el desconsuelo que me provoca la certeza de que su marcha, irreversible, se mantendrá latente en mí hasta el final de los días, aguardando como una leve pero constante molestia cuya naturaleza será ignorada por los médicos para emerger, en cada momento de bienestar, con el único propósito de enseñarme una lección que un cerebro enfermo como el mío siempre entenderá al revés.
No, ella no es poesía, porque si lo fuese todo sería más sensato. Tampoco es el Egipto de hace cinco mil años, cuyos enigmas se mantienen, quizá ya un poco resignados, a la espera de que el hombre adecuado consiga encajar las piezas y entonces ambos, Egipto y su amante, se cierren sobre sí mismos, como un caballero airado que vuelve sobre sus pasos, dando vida a un solo ser.
Ella, cuyo simple nombre nunca dejará de sobresaltarme como si el resto de las mujeres así bautizadas sólo fuesen sus hermanas, no desea, a diferencia de las crónicas parciales que se disfrazan en los volúmenes que revisten mis paredes y cuyo propósito no es más que alcanzar, tras la exacta sucesión de banquetes y digestiones, una traducción perfecta del lenguaje de los Dioses al habla terrenal, ser el centro de mis investigaciones.
Lo primero que hice cuando todo esto estuvo claro fue localizar el libro que una vez me regaló, que todavía no había empezado a leer, y sostenerlo con ambas manos mientras miraba su cubierta durante uno o dos minutos a modo de despedida. Era un buen libro y la portada no le hacía justicia, pero eso ya daba igual. Después, y de una forma que días antes todavía me hubiese parecido indigna, lo coloqué en el primer hueco que advertí en la estantería, deseando que no se demorase en adquirir el olor ácido que a buen seguro desprendía alguno de los libros adyacentes. Lo más importante es leer. Yo no podría pasar un año sin leer nada. Uno empieza comprando libros, o robándolos, y termina leyéndolos; pero en mi caso ya es una obsesión. Compro libros y a veces ni siquiera los leo, sólo los acaricio. Tengo muchos libros y algunos no los he leído y sé que no los voy a leer jamás, pero de cuando en cuando los hojeo pues me gusta tenerlos cerca.

lunes, 12 de enero de 2015

Farmacia

Hoy la farmacéutica me intentó vender algo llamado "Agua del Mar" en lugar del clásico Utabon que yo demandaba, que son unas gotas descongestionantes que, aunque quizá puedan llegar a ser perjudiciales para la salud si superas las dosis diarias recomendadas, a mí me van bastante bien. El nombre del producto fue el único argumento que esgrimió la cincuentona para intentar endosarme sus gotas mágicas. "Agua del Mar", repetía con aparente desinterés, convencida, o intentando convencerme, de que me ofrecía la solución definitiva a mis males a cambio de unas simples monedas. Y no cualquier solución, sino el remedio ancestral que ha conseguido, de milagro, llegar hasta nuestros días gracias al esfuerzo desinteresado de generaciones de seres sibilinos que se oponen en la sombra a la absoluta ruptura entre el hombre y la naturaleza. Visto así era todo un regalo. ¿Por qué iba yo, un chico inquieto de ojos brillantes al que ya había atendido en alguna otra ocasión y que había demostrado a buen seguro una especial pericia para leer entre líneas, para visitar, aunque fuese fugazmente, ese espacio que hay debajo de las conversaciones y en el que se dice siempre la verdad, a rechazar su desinteresada ayuda?.
La farmacéutica esperó a que yo terminase de leer el lateral de la cajita de las gotas, donde figuraba su composición en un idioma técnico que me sonaba de oídas. Tras leerlo todo con dificultad giré la caja de cartón con una mano y reparé en la cara frontal, donde un mar muy azul mordisqueaba una cala debajo de unas letras blancas que decían "100% agua del mar". Entonces se abrió una puerta detrás de la señora y apareció en la escena una farmacéutica más joven, aunque todavía mayor que yo, con graciosas mejillas coloradas y un cabello muy negro peinado como las chicas francesas. Me sonrío tímida como si comprendiese que era mi tipo y yo, que albergaba muchas más dudas después de haber leído la caja del agua del mar y que necesitaba respuestas, le pregunté sin pensarlo si no sería posible que yo mismo me dirigiese a la playa más cercana y recogiese dos o tres botes de cristal de agua marina y que quizá ella, por qué no, podría compañarme si lo deseaba (es posible que la efectividad del tratamiento dependiese de la manera de almacenar el agua y entonces necesitaría su ayuda). Quise aclarar, sin dejarla responder, que obviamente les pagaría a ambas por su trabajo aunque éste se quedase en la simple revelación del secreto, pues jamás se me habría ocurrido a mí que el agua del mar pudiese servir para tales menesteres.
La bruja y su hija callaron y, durante un instante que posteriormente identificaría como un pliegue temporal, me imaginé cabalgando a la chica de mejillas coloradas mientras su madre, hierática, vigilaba nuestros movimientos como si la más mínima alteración fuese susceptible de tirar abajo el plan. Fue el tintineo de la campanilla sobre la puerta al abrirse y la entrada de un nuevo cliente la que me obligó de inmediato a abandonar la farmacia, que nunca había dejado ni dejaría de ser eso: una farmacia, y ya en la calle introduje mis manos vacías en los bolsillos del abrigo, donde mis dedos tropezaron con algunas migas que identifiqué como las mismas que, como el aderezo de un pastel, habían impedido sobre mi cama el sueño reparador la noche anterior.

miércoles, 7 de enero de 2015

Drama

Esta mañana pensé que quizá podría haberme seccionado un pie a la altura del tobillo durante alguna de mis orgías autodestructivas y que, una vez recuperada la consciencia, encontraría algún remedio medianamente efectivo en internet que me permitiese seguir llevando una vida soportable sin recurrir a los cuidados médicos. Pensé todo esto con la sábana bajera a los pies de la cama y una almohada sobre otra, formando un puzzle a la fuerza detrás de mi nuca. Podría haber perdido un pie y continuar viviendo como si nada. Cinco años al menos. O diez. Y no me costaría disimularlo, a pesar de que mis propios secretos a buen seguro cuchichearían entre ellos, degradados al nivel de un mero error de juventud. Mi madre no lo sospecharía, pues mis incursiones en su vida son representaciones planeadas a la perfección del hijo autosuficiente por el que no te tienes que preocupar. Como mi madre no es tonta y mi lenguaje gestual no se corresponde con el de un hijo feliz, se genera un contraste verosímil: ella cree que no estoy mal. Mi rostro tampoco es el de una persona incompleta. Es paradójico que estas Navidades mamá me haya regalado unos zapatos preciosos. Los encontró hace unos meses en una página de ofertas y a mí me gustaron y le pedí que los encargase, pues soy de esas personas que prefiere almacenar todo el dinero en su casa, repartido entre las páginas de mis libros favoritos. En cuanto recibió el paquete me presenté en su domicilio. A todos nos pareció que los zapatos me sentaban bien y yo hice un chiste sobre encontrar, por qué no, también mujeres a medida por internet. En la despedida, mi madre rechazó con un gesto firme el dinero que le correspondía por el negocio. Me dijo que esta vez lo haríamos así, porque nunca acierta con mis regalos, y que sería mi regalo de Navidad. Supe que para ella suponía un enorme esfuerzo y tuve que contener las lágrimas, de modo que decidí bajar los siete pisos por las escaleras para poder desahogarme a gusto.