miércoles, 14 de enero de 2015

Egipto

Hace unos meses conocí a una chica que me despojó de mi identidad de tal modo que hasta mi piel seca, inquebrantable hasta entonces, se volvió barro y todo mi ego, mi único bien singular e inimitable, las arrugas de los ojos bajo el arquear de cejas, el acento neutro al hablar, la caída de hombros, la sonrisa tímida pero elocuente como un cielo que se abre, el metro y setenta centímetros de misterios aparentes, el exiguo pero agudo hilo de voz, es decir, todas mis riquezas, pasaron a su disposición y, después del previsible rechazo, fui abandonado a mi suerte y puesto en manos, no del egregio universo, sino de la simple vida mortal, como alimento en una boca sin dientes.
No nace esta confesión, en contra de lo que pueda parecer, de la serenidad de aquel que, en pie de nuevo tras la pelea, victorioso o derrotado, posee la lucidez suficiente para hacer balance, sino que narro estos hechos desde el desconsuelo que me provoca la certeza de que su marcha, irreversible, se mantendrá latente en mí hasta el final de los días, aguardando como una leve pero constante molestia cuya naturaleza será ignorada por los médicos para emerger, en cada momento de bienestar, con el único propósito de enseñarme una lección que un cerebro enfermo como el mío siempre entenderá al revés.
No, ella no es poesía, porque si lo fuese todo sería más sensato. Tampoco es el Egipto de hace cinco mil años, cuyos enigmas se mantienen, quizá ya un poco resignados, a la espera de que el hombre adecuado consiga encajar las piezas y entonces ambos, Egipto y su amante, se cierren sobre sí mismos, como un caballero airado que vuelve sobre sus pasos, dando vida a un solo ser.
Ella, cuyo simple nombre nunca dejará de sobresaltarme como si el resto de las mujeres así bautizadas sólo fuesen sus hermanas, no desea, a diferencia de las crónicas parciales que se disfrazan en los volúmenes que revisten mis paredes y cuyo propósito no es más que alcanzar, tras la exacta sucesión de banquetes y digestiones, una traducción perfecta del lenguaje de los Dioses al habla terrenal, ser el centro de mis investigaciones.
Lo primero que hice cuando todo esto estuvo claro fue localizar el libro que una vez me regaló, que todavía no había empezado a leer, y sostenerlo con ambas manos mientras miraba su cubierta durante uno o dos minutos a modo de despedida. Era un buen libro y la portada no le hacía justicia, pero eso ya daba igual. Después, y de una forma que días antes todavía me hubiese parecido indigna, lo coloqué en el primer hueco que advertí en la estantería, deseando que no se demorase en adquirir el olor ácido que a buen seguro desprendía alguno de los libros adyacentes. Lo más importante es leer. Yo no podría pasar un año sin leer nada. Uno empieza comprando libros, o robándolos, y termina leyéndolos; pero en mi caso ya es una obsesión. Compro libros y a veces ni siquiera los leo, sólo los acaricio. Tengo muchos libros y algunos no los he leído y sé que no los voy a leer jamás, pero de cuando en cuando los hojeo pues me gusta tenerlos cerca.

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