lunes, 12 de enero de 2015

Farmacia

Hoy la farmacéutica me intentó vender algo llamado "Agua del Mar" en lugar del clásico Utabon que yo demandaba, que son unas gotas descongestionantes que, aunque quizá puedan llegar a ser perjudiciales para la salud si superas las dosis diarias recomendadas, a mí me van bastante bien. El nombre del producto fue el único argumento que esgrimió la cincuentona para intentar endosarme sus gotas mágicas. "Agua del Mar", repetía con aparente desinterés, convencida, o intentando convencerme, de que me ofrecía la solución definitiva a mis males a cambio de unas simples monedas. Y no cualquier solución, sino el remedio ancestral que ha conseguido, de milagro, llegar hasta nuestros días gracias al esfuerzo desinteresado de generaciones de seres sibilinos que se oponen en la sombra a la absoluta ruptura entre el hombre y la naturaleza. Visto así era todo un regalo. ¿Por qué iba yo, un chico inquieto de ojos brillantes al que ya había atendido en alguna otra ocasión y que había demostrado a buen seguro una especial pericia para leer entre líneas, para visitar, aunque fuese fugazmente, ese espacio que hay debajo de las conversaciones y en el que se dice siempre la verdad, a rechazar su desinteresada ayuda?.
La farmacéutica esperó a que yo terminase de leer el lateral de la cajita de las gotas, donde figuraba su composición en un idioma técnico que me sonaba de oídas. Tras leerlo todo con dificultad giré la caja de cartón con una mano y reparé en la cara frontal, donde un mar muy azul mordisqueaba una cala debajo de unas letras blancas que decían "100% agua del mar". Entonces se abrió una puerta detrás de la señora y apareció en la escena una farmacéutica más joven, aunque todavía mayor que yo, con graciosas mejillas coloradas y un cabello muy negro peinado como las chicas francesas. Me sonrío tímida como si comprendiese que era mi tipo y yo, que albergaba muchas más dudas después de haber leído la caja del agua del mar y que necesitaba respuestas, le pregunté sin pensarlo si no sería posible que yo mismo me dirigiese a la playa más cercana y recogiese dos o tres botes de cristal de agua marina y que quizá ella, por qué no, podría compañarme si lo deseaba (es posible que la efectividad del tratamiento dependiese de la manera de almacenar el agua y entonces necesitaría su ayuda). Quise aclarar, sin dejarla responder, que obviamente les pagaría a ambas por su trabajo aunque éste se quedase en la simple revelación del secreto, pues jamás se me habría ocurrido a mí que el agua del mar pudiese servir para tales menesteres.
La bruja y su hija callaron y, durante un instante que posteriormente identificaría como un pliegue temporal, me imaginé cabalgando a la chica de mejillas coloradas mientras su madre, hierática, vigilaba nuestros movimientos como si la más mínima alteración fuese susceptible de tirar abajo el plan. Fue el tintineo de la campanilla sobre la puerta al abrirse y la entrada de un nuevo cliente la que me obligó de inmediato a abandonar la farmacia, que nunca había dejado ni dejaría de ser eso: una farmacia, y ya en la calle introduje mis manos vacías en los bolsillos del abrigo, donde mis dedos tropezaron con algunas migas que identifiqué como las mismas que, como el aderezo de un pastel, habían impedido sobre mi cama el sueño reparador la noche anterior.

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