miércoles, 7 de enero de 2015

Drama

Esta mañana pensé que quizá podría haberme seccionado un pie a la altura del tobillo durante alguna de mis orgías autodestructivas y que, una vez recuperada la consciencia, encontraría algún remedio medianamente efectivo en internet que me permitiese seguir llevando una vida soportable sin recurrir a los cuidados médicos. Pensé todo esto con la sábana bajera a los pies de la cama y una almohada sobre otra, formando un puzzle a la fuerza detrás de mi nuca. Podría haber perdido un pie y continuar viviendo como si nada. Cinco años al menos. O diez. Y no me costaría disimularlo, a pesar de que mis propios secretos a buen seguro cuchichearían entre ellos, degradados al nivel de un mero error de juventud. Mi madre no lo sospecharía, pues mis incursiones en su vida son representaciones planeadas a la perfección del hijo autosuficiente por el que no te tienes que preocupar. Como mi madre no es tonta y mi lenguaje gestual no se corresponde con el de un hijo feliz, se genera un contraste verosímil: ella cree que no estoy mal. Mi rostro tampoco es el de una persona incompleta. Es paradójico que estas Navidades mamá me haya regalado unos zapatos preciosos. Los encontró hace unos meses en una página de ofertas y a mí me gustaron y le pedí que los encargase, pues soy de esas personas que prefiere almacenar todo el dinero en su casa, repartido entre las páginas de mis libros favoritos. En cuanto recibió el paquete me presenté en su domicilio. A todos nos pareció que los zapatos me sentaban bien y yo hice un chiste sobre encontrar, por qué no, también mujeres a medida por internet. En la despedida, mi madre rechazó con un gesto firme el dinero que le correspondía por el negocio. Me dijo que esta vez lo haríamos así, porque nunca acierta con mis regalos, y que sería mi regalo de Navidad. Supe que para ella suponía un enorme esfuerzo y tuve que contener las lágrimas, de modo que decidí bajar los siete pisos por las escaleras para poder desahogarme a gusto.

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