jueves, 5 de febrero de 2015

China

Anoche soñé que me desplazaba montado en un taburete con ruedas. Que llegaba a una enorme plaza después de un vertiginoso descenso sobre el empedrado de la Calle Real (donde no me escalabré de milagro) y que allí me encontraba con Marta, que una vez fue la chica de mis sueños, sentada en una mesita. A su lado había una chica que se parecía a Lucía (morena, pelo corto con flequillo a la moda, pechos generosos) y que hablaba por los codos. Aparqué mi taburete junto a ellas e iniciamos una conversación que Marta recibió complacida y Lucía, que en realidad se llamaba Begoña (un nombre cuyo origen siempre me ha resultado muy difícil de explicar), con una pizca de golfería. Marta sonreía sin parar, como si fuese la única persona en esa gigantesca plaza (que de existir realmente en ese emplazamiento, ya estaría echada a perder) que detentase una consciencia plena de lo que allí estaba pasando y se limitase entonces a disfrutar del sueño, sumida en una especie de trance, y de los giros de guión que pulsaban su mente mientras su cuerpo se limitaba a descansar como un coche en un garage. Había, en cambio, cierta conexión entre Begoña y yo. Pero no me malinterpretéis: un juicio inicial después de un fugaz análisis de su amplia gestualidad y de lanzarnos dos o tres frases había revelado que se trataba, sin lugar a dudas, de otra chica perfecta para Pedro. Y Pedro es mi antítesis. A mí me gustan las personas moderadas, con consistentes paredes craneales como puertas de madera maciza, o incluso de acero que, más por desesperanza que por timidez, sólo abren en contadas ocasiones. Mi chica perfecta, de hecho, sería aquélla que pudiese resistir flemática todos mis intentos por conocer su interior: las caricias, las cosquillas, los puñetazos y los torpedos. Ella me volvería loco y se convertiría sin remedio en mi musa.
Begoña y yo continuábamos hablando, más ella que yo. Marta, que estaba pero no estaba, escuchaba en ocasiones, jugando con su cabeza como el que tira de una cuerda para atraer un globo hacia sí. Cada vez que sentía que el sueño iba a llegar a su fin, una ocurrencia de Begoña me tiraba de la lengua y volvían a pasar quince, veinte minutos (ya sabéis cómo son los sueños) hasta el siguiente momento de aparente calma que, dada la naturaleza onírica de la historia, era una señal inevitable de que nuestro viaje iba a terminarse. En la vigilia interpreto que quizá a ella le sucediese lo mismo con mis ingenios y puedo garantizaros que Marta, que seguramente lleve a pie más de cinco horas, no recuerda nada.
Entonces hubo un bullicio, quizá un ruido de la calle que se colaba en el sueño, y Begoña esperó a que desapareciese, como un enjambre de abejas que se aleja, para continuar con su historia.
-Mi verdadera afición son las carreras de chinos cargando con carritos-taxi -Dijo.
Marta regresó a la conversación rompiendo a reir. Nos hizo ver, de un modo sorprendente, que nos había estado prestando atención casi todo el rato y que, por otra parte, desconocía que los carritos-taxi de los chinos todavía se siguiesen utilizando. Y de nuevo éramos tres y yo dije que a buen seguro los campeones de ese tipo de carrera eran ex-atletas, no lo suficientemente rápidos como para destacar en atletismo convencional o, quién sabe, habitantes de alguna región donde las carreras normales carecían por completo de relevancia. Entonces ellas rieron y yo las seguí sin cuestionarme mucho a mí mismo y permanecimos así un buen rato (ya sabéis cómo son los sueños) hasta que regresaron las abejas.

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