jueves, 26 de febrero de 2015

Pelirroja de verdad

Anoche soñé que me encontraba tumbado en una cama extraña, prestada, y que a mi lado estaba una chica pelirroja, pelirroja de verdad, que no era la dueña de la cama y que hacía planes para un futuro cercano con su cabeza apoyada en la palma de la mano, fijando en mí su mirada flotante sin más discrepancia que la existente entre su codo y el colchón.

-En Agosto -decía-, podríamos irnos de camping.

Y a mí no me preocupaba no tener tienda de campaña, ni ropa adecuada, ni verdaderos deseos de ponerme en manos de la Naturaleza. Confiaba en que, después de tantos años respetando su distancia de seguridad, el pacto silencioso que cualquier mente hábil habría entendido y aceptado y, del mismo modo que es más importante rodearse de gente afortunada que de gente fuerte, ¿quién no me escogería a mí como compañía para un destino tan comprometido como es perderse en un bosque?. Adopté entonces una actitud de mando y la apreté contra mi pecho, ofreciéndole un trozo de mi propia almohada. No volvimos a hablar durante el resto del sueño. Nos mantuvimos así, pegados, mientras nuestros latidos se perseguían a saltos como pulgas que juegan. Me desperté abrazándola a ella, chica pelirroja, y a la rutina que acarreaba. Ligero, como un tren sobre unas vías.

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