lunes, 16 de marzo de 2015

Bea

Quise conocer a Bea dos veces, aunque la segunda ya era demasiado tarde. Entonces mi cuerpo y mi espíritu habían mutado y el espejo me devolvía una silueta asimétrica cuya mirada encendida contaminaba de inquina el ambiente. Mis convicciones se habían consolidado y me mostraba desafiante ante mis semejantes como un coche que se planta en mitad de un paso de cebra después de un brusco frenazo. Altivo, podía ignorar los gestos de desaprobación: hombres grandullones agitando amenazantes el puño cerrado, señoras plegando sus arrugas en un gesto repugnante, los llantos de los niños desde sus carritos. Aun así la abordé consciente de que no habría una tercera ocasión.

Quise sorprenderla y la aguardé casi una hora en el desangelado parquecito que languidecía bajo la ventana de su despacho, recorriéndolo en círculos una y otra vez como lo haría un tren de juguete sobre su vía, igualmente despojado de toda voluntad. Evoqué nuestro primer encuentro mientras esperaba, inquieto, que Bea terminase su jornada en el gabinete de psicología. Entonces se levantó una brisa que venía del Norte y que pareció empujar a los recuerdos, uno a uno, a través de mis fosas nasales hasta el cerebro. Me estremecí y recordé: es pleno agosto y un golpe de calor me tira al suelo de baldosa blanca de la pequeña sala de espera. Cuando recobro la consciencia Bea me mira, enarbolando una sonrisa que retuerce el resto de sus facciones como si todo su cuerpo estuviese al servicio de aquel gesto luminoso, de la curvatura de sus labios finos y de los haces de luz que horadan con decisión el exiguo espacio entre sus dientes. Relumbrantes estiletes que impactan directamente en mí, iluminándome, y que no pueden provenir de un foco que no sea su propia alma.

Ya se habían encendido las farolas de la calle cuando, como el que ha finiquitado un cometido primordial y dispone de un rato de ocio, me despisté de Bea y dediqué a mi padre fallecido los que serían en principio mis últimos pensamientos en soledad. Él había vivido exactamente cincuenta años. Cincuenta era un número redondo, ilustre. No tenía dudas de que la muerte de mi padre era tan casual como que un rayo hiciese añicos la Estatua de la Libertad impactando justamente en su ombligo. Le contaría esto a Bea y la luz de mis palabras, vista desde más allá de la atmósfera, reflejaría un tramo de espesa vegetación que justificaría nuestro viaje. Una flora extraña, aunque agotable, acompañaría durante un período de tiempo caduco a la pareja esperanzada, a ambos lados de esa carretera secundaria que era nuestro futuro común. Bea salió al fin y yo la saludé arqueando las cejas. Seguí orbitando ligero bajo su despacho mientras perdía de vista el balanceo rotundo de sus estrechas caderas. No podía parar. Ella tardaría quince minutos en llegar a su casa. Cenaría, besaría a su madre y se echaría a dormir. Yo seguí dando vueltas, cada vez más rápido. Y cerca de la medianoche me prometí a mí mismo que llegaría a alcanzar la velocidad de la luz.

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