martes, 17 de marzo de 2015

Eje

Hace un par de noches,
mientras ordenaba mis pensamientos tumbado en la cama
sin más intención que la de acelerar la llegada
del sueño reparador,
pude notar que el eje de mi cuerpo se había desplazado,
que mis tobillos empujaban con fuerza el colchón hacia abajo
y que mi cabeza,
tan pesada y compacta durante el día,
flotaba entonces liviana sobre la almohada
Visité a mi madre al día siguiente como cualquier otro sábado.
Mi cuerpo estaba arqueado,
la comida estaba sosa,
el vino no estaba lo suficientemente frío,
la conversación se atascaba como la respiración de un anciano.
Marcaba el reloj las cuatro cuando Hans,
su segundo marido,
salió por la puerta siguiendo a su nariz roja
y entonces volvimos a ser mamá y yo.
Ocupamos el sofá a la lumbre del viejo televisor.
Ella se estiró con suficiencia y cruzó las manos sobre su pecho
como si viviese en la cima de una montaña.
Me aconsejó que fuese al médico y no tardó mucho en quedarse dormida,
rumiando todavía algunas letras.
Soñó con un intrincado sistema de poleas
que me mantenían con vida.
Con mi cuerpo torcido sobre un tablón y decenas de científicos tomando notas.
Una pensión vitalicia
y extraordinaria
nos permitía dedicarnos exclusivamente a ejercer de madre e hijo.
Hans había perdido el rumbo por completo y llamaba de cuando en cuando con la voz rota.
Cuando se despertó yo ya me había ido.
Sola y avergonzada,
durante los primeros minutos deseó estar muerta.

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