miércoles, 17 de junio de 2015

Incendio

Sólo aprecio tu recuerdo a medianoche
cuando el día ha terminado
y no me siento obligado a sonreir
ni a sonreirte
pues te presentas temprano
mientras busco a tientas el interruptor de la luz
me deslizo entre los pantalones
o caliento agua para el té
y pasas el día conmigo
ignorando que hace un mes decidiese matarte
asumiendo que debo seguir con mi vida
y que, cuando nadie mira,
te grite que te vayas
como un cadáver río abajo
Pero en cambio, a medianoche
pienso, agotado
que ha merecido la pena llegar hasta aquí
y sobre mi cama
te sostengo con las manos a la altura de mi pecho
como una frágil muñeca
dejando que firmes rayos de Luna
te convenzan con sus piruetas
de que están
y estarán siempre
de mi parte
con la esperanza de que entremos juntos
de un salto acompasado
en el universo libre e ilimitado de los soñadores
Y es cuando Dios cree que todas las palabras
ya han sido pronunciadas
cuando tú,
viva y muerta al mismo tiempo,
prestas oídos a mi plegaria
que se aviva y te espolea
y entonces,
juntos,
ardemos como la madera vieja
de un modo que hace increíble
que tu cuerpo físico,
ajeno, necio,
y muy posiblemente poseído por otros,
no presente ningún indicio de la encendida fiebre
que nos consume

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