jueves, 30 de julio de 2015

La Casa del Libro

Hoy durante la siesta soñé que me encontraba en La Casa del Libro. Eran alrededor de las ocho y media y pronto tendría que irme a trabajar pero, ante el primer intento de abandonar el lugar, recordé el verdadero propósito de mi visita a la librería: presentarme a una entrevista de trabajo. Entonces dudé y pensé en La Fábrica, y en el Clandestino, y en todas esas tareas misteriosas de las que me ocupo entre semana pero, qué diablos, yo siempre he querido trabajar en La Casa del Libro. Porque la gente que trabaja allí tiene algo: una energía especial, muy parecida a la que yo entiendo que solucionaría, no sólo mi vida, sino también todas las vidas posteriores a ésta. El caso es que la entrevista fue sencilla, a pesar de que en todo momento tenía presente mi descuidado aspecto: barba poblada que crecía enroscándose sobre sí misma y melena lacia que me obligaba a menudo a apartarla de mi rostro para poder continuar enumerando mis habilidades ante la entrevistadora. Sin olvidar que mis ojos nunca están del todo abiertos. Lo último que recordé al despertarme fue que me habían seleccionado para una prueba final, junto a otros individuos que de ningún modo merecían la iluminación.
Ya en la vigilia, y después de una ducha rotunda, un pie siguió a otro y volví al lugar de los hechos. Una vez allí, subí a la segunda planta dando la espalda a los libros más vendidos y, después de localizarlo fácilmente, sostuve muy estirado un libro de Osho con ambas manos, aparentando que leía su contraportada como el que lee los ingredientes del bote de mayonesa. Permanecí inmóvil junto a las estanterías de libros religiosos, dejando que nos rodease (a mí y a Jesús, a Buda, a Alá y a Krishna) una especie de bruma que me obligó a mirar a izquierda y derecha varias veces, para comprobar que esa librería que protagonizaba mis sueños no se estaba generando a medida que yo fijaba la vista en ella. La sensación de irrealidad era tan desconcertante que hasta que llegué a la caja registradora no tuve claro con qué moneda debía pagar. Le lancé la mitad del cambio a una chica que, al doblar la esquina, interpretaba con una guitarra el Hurt de Nine Inch Nails. Me senté en el suelo e, ignorando sus agradecimientos, la apuré a que siguiese tocando. Cuando terminó le di el resto del cambio y ella la volvió a tocar.

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